¿Los egipcios estudiaron el cerebro?

Qué Hacían los Egipcios con el Cerebro

Valoración: 4.1 (8680 votos)

La civilización del Antiguo Egipto, con sus pirámides monumentales y su intrincada mitología, nos sigue fascinando hoy en día. Uno de los aspectos más conocidos y enigmáticos de su cultura es, sin duda, la momificación. Esta práctica, destinada a preservar el cuerpo para la vida de ultratumba, implicaba un conocimiento detallado de la anatomía y un proceso ritual complejo. Sin embargo, la forma en que trataban los diferentes órganos revelaba una comprensión del cuerpo humano muy distinta a la nuestra. Particularmente, el destino del cerebro durante este proceso es un detalle que sorprende a menudo.

¿Qué descubrió Imhotep en la medicina?
Teniendo en cuenta el contenido del Papiro de Smith, se puede creer con razón que Imhotep fue el primer descubridor del líquido cefalorraquídeo ”, y en las conclusiones el autor escribe: “El médico egipcio Imhotep es el más probable de ser el primero en descubrir el líquido cefalorraquídeo intracraneal in vivo en ...

Las primeras momias egipcias, datadas a finales del IV milenio a.C., eran en su mayoría resultado de las condiciones naturales del desierto. Los cuerpos enterrados directamente en la arena caliente se deshidrataban rápidamente, un proceso que frenaba la descomposición. La momificación artificial surgió con la práctica de enterrar a los difuntos en ataúdes dentro de tumbas, lo que impedía el contacto directo con la arena desecante. Fue entonces cuando se desarrollaron métodos elaborados para lograr la preservación del cuerpo.

Índice de Contenido

El Propósito de la Momificación: Más Allá de lo Físico

Este arduo empeño en preservar los cuerpos estaba profundamente arraigado en las creencias religiosas de los egipcios. Concebían al ser humano como una compleja amalgama de elementos. Algunos eran materiales, como el cuerpo físico, la sombra y el nombre. Otros estaban asociados con el espíritu y el mundo supraterrenal: el ka, una especie de energía vital o doble cósmico que se recibía al nacer; el ankh, el aliento vital; y el ba, que representaba la personalidad, la psique o la esencia individual. La muerte significaba la separación temporal de estos componentes. La creencia era que el individuo renacería en la vida de ultratumba, pero para ello, sus elementos debían reunificarse. La momificación era la clave para asegurar que el cuerpo se conservara intacto en su sepulcro, su «morada de eternidad», permitiendo así que el ba pudiera regresar, reconocer su forma física y hacer posible la resurrección.

Los Maestros de la Preservación: Los Embalsamadores

La momificación no era una tarea para cualquiera. Estaba en manos de profesionales altamente cualificados, conocidos como embalsamadores. Dada la naturaleza ritual del proceso, formaban parte de una clase social sacerdotal y, muy probablemente, mantenían una estrecha relación con los médicos de la época. Varios papiros antiguos nos ofrecen detalles sobre los roles específicos dentro del equipo de embalsamamiento.

Uno de los personajes más importantes era el llamado «Señor de los Secretos» (hery sesheta). Este individuo era el encargado de ejecutar los rituales más importantes, a menudo llevando una máscara del dios Anubis, la deidad asociada con el embalsamamiento. Se creía que Anubis mismo dirigía el ritual y trataba la cabeza del difunto con sus propias manos, lo que subraya la importancia simbólica de este paso.

También estaban los sacerdotes lectores (hery heb), quienes recitaban las instrucciones del ritual y las fórmulas mágicas necesarias a medida que se avanzaba en el proceso, especialmente durante el vendado. En contraste, los cortadores, aquellos que realizaban la incisión inicial en el cadáver para extraer las vísceras, tenían el estatus social más bajo. Su tarea se consideraba impura debido a su contacto directo con el cuerpo sin vida. De hecho, testimonios de la época griega relatan que en ocasiones estos cortadores se veían obligados a huir apresuradamente del taller de embalsamamiento ante las piedras que les arrojaban sus propios compañeros, un reflejo del estigma asociado a su labor.

La organización de los talleres de embalsamamiento evolucionó con el tiempo. Durante los Imperios Antiguo y Medio, existía principalmente un equipo real encargado de la momificación de la familia del faraón y de aquellos cortesanos y oficiales a quienes el monarca concedía este privilegio. A medida que la práctica se generalizó, surgieron numerosos talleres independientes. La calidad de su trabajo variaba considerablemente, probablemente en función del coste que los clientes pudieran asumir, y rara vez alcanzaba la excelencia de los talleres reales.

El Largo Proceso de Momificación: Setenta Días de Transformación

Los embalsamadores llevaban a cabo su labor durante un período considerable entre el fallecimiento y el entierro, que típicamente duraba unos setenta días. Aunque hay referencias a procesos excepcionalmente largos, como el de la tumba de Meresankh en Gizeh (dinastía IV), que duró 274 días.

El historiador griego Heródoto, una fuente valiosa sobre las costumbres egipcias, describió el inicio del proceso. Después del período de duelo, el cuerpo del difunto era entregado a los embalsamadores. Estos mostraban a la familia «modelos de cadáveres en maderas, copiados del natural», con diferentes niveles de coste. Una vez acordado el tipo de embalsamamiento y el precio, la familia se retiraba y comenzaba el trabajo de los especialistas.

Fases Iniciales: Purificación y Preparación del Cuerpo

La primera fase se desarrollaba con relativa rapidez, dada la necesidad de actuar antes de que la descomposición se acelerara bajo el calor egipcio. El primer paso era un ritual de purificación que duraba tres días. Tenía lugar en una estructura temporal llamada ibw, donde el cuerpo era lavado minuciosamente.

Una vez purificado, el cuerpo era trasladado a la wabet, también conocida como per nefer («la casa bonita» o «lugar puro»), el taller principal donde se llevaba a cabo el proceso de momificación propiamente dicho durante los setenta días.

El Destino Particular del Cerebro

Según el relato de Heródoto, una de las primeras acciones de los embalsamadores era vaciar la cabeza del cadáver. Para los antiguos egipcios, el cerebro, a diferencia de nuestra comprensión moderna, no tenía importancia como sede de la razón, el pensamiento o la conciencia. Creían que estas facultades residían en otro órgano.

Por esta razón, no se realizaba ningún esfuerzo por preservar el tejido cerebral. Simplemente se extraía, a menudo a través de las fosas nasales utilizando ganchos u otros instrumentos. Una vez que el cráneo estaba vacío, Heródoto menciona que se vertía un líquido resinoso en su interior, que se solidificaba al enfriarse.

El Corazón: La Verdadera Sede de la Vida Interior

En marcado contraste con el trato dado al cerebro, el corazón era considerado el órgano vital por excelencia, la sede de la sabiduría, la memoria, las emociones y la personalidad (el ba). Por ello, era un paso crucial en el proceso de momificación dejarlo deliberadamente en su sitio, dentro de la cavidad torácica.

La importancia del corazón se refleja en textos funerarios fundamentales como el Libro de los Muertos. Las recitaciones 27, 28 y 29, por ejemplo, expresan la vital necesidad de mantener este órgano unido al cuerpo en la vida de ultratumba. El difunto, en estas fórmulas mágicas, se defiende activamente de cualquier entidad que intente despojarlo de su corazón, afirmando: «¡No me quitéis mi corazón, no critiquéis la víscera de mi corazón! Que mi corazón no dé lugar a reprimendas, porque es mi corazón».

La Deshidratación: Clave para la Conservación Duradera

Tras la extracción de los órganos internos (a excepción del corazón) a través de una incisión lateral, casi siempre en el lado izquierdo del abdomen, un paso decisivo en el proceso de embalsamamiento era la eliminación de la humedad del cuerpo. El agua es el principal vehículo de la putrefacción, por lo que era necesario un agente deshidratador potente que secara el cuerpo, pero que idealmente también lo dejara flexible para el vendado.

El material elegido para esta tarea fue el natrón en estado sólido. El natrón es una sustancia natural, una sal compuesta principalmente de carbonato de sodio y bicarbonato sódico, que se encontraba en yacimientos de Egipto. Al igual que la arena caliente del desierto, el natrón es un poderoso desecante.

¿Cómo se pensaba el cerebro en la Edad Media?
En la Edad Media se cree que las funciones superiores (razonamiento, emociones…) se encuentran en los ventrículos del cerebro. Así, la locura o demencia es vista como la manifestación de un problema en estas áreas del cerebro.

El cuerpo se cubría completamente con este producto, de pies a cabeza. Las fuentes históricas sugieren que el cuerpo debía permanecer en contacto directo con estas sales durante un período aproximado de cuarenta días. Los estudios modernos, incluyendo experimentos controlados, han confirmado la efectividad del natrón para deshidratar tanto el exterior como el interior del cuerpo. Existen evidencias arqueológicas de que, después de extraer las vísceras, la cavidad torácica y abdominal se rellenaban con pequeños sacos de natrón para asegurar una deshidratación interna completa.

La cantidad de natrón necesaria era considerable. En un experimento notable realizado en 1994 por los egiptólogos Bob Brier y Ronald Wade con un cadáver humano donado, se comprobó que se requerían aproximadamente 264 kilogramos de natrón para cubrir enteramente el cuerpo y lograr una desecación efectiva sin margen de error.

Restaurando la Forma: Aceites, Resinas y Vendado

Después del largo período de deshidratación, el cuerpo estaba seco y rígido. Para que recuperara cierta elasticidad y un aspecto más natural, se procedía a ungirlo con diversos aceites y resina líquida. Estos ungüentos no solo ayudaban a rehidratar y flexibilizar la piel, sino que también podían contribuir a prevenir o retrasar el ataque de insectos y a mitigar los malos olores que pudieran haber surgido durante la fase inicial de descomposición antes de completarse la deshidratación.

Diodoro Sículo describió esta fase, señalando que se dedicaba un cuidado meticuloso al cadáver durante más de treinta días, utilizando primero aceite de cedro y otros productos, y luego mirra, canela y otras sustancias aromáticas. Estas, según él, no solo aseguraban una conservación prolongada, sino que también impartían un buen olor al cuerpo.

El paso final antes del entierro era el vendado de la momia, un proceso de gran relevancia religiosa que estaba minuciosamente prescrito. Las vendas utilizadas solían ser de lino. Mientras que para la mayoría de los difuntos se empleaba lino común, los miembros de la realeza se envolvían en tejidos de lino especial de gran calidad. Los embalsamadores necesitaban aproximadamente quince días para completar el vendado. Cada acto de envoltura estaba ritualizado y se acompañaba de la recitación de fórmulas mágicas apropiadas por parte de los sacerdotes lectores.

Las diferentes partes del cuerpo se envolvían por separado antes de cubrir todo el cuerpo de una manera compacta y segura. El número de capas de tela variaba entre momias. A menudo se utilizaban telas que habían pertenecido al difunto en vida, marcadas con su nombre para distinguirlas de las del taller. Dado el elevado coste del lino de calidad, en muchos casos se recurría a prendas y telas desechadas que se cortaban en tiras para el vendado. Para ofrecer protección adicional en la vida de ultratumba, se colocaban amuletos de diferentes tipos, así como papiros con recitaciones y textos mágicos, directamente sobre la momia y entre las capas de vendas.

El Viaje Final a la Eternidad

Una vez que los embalsamadores concluían su labor, se organizaba el funeral. Si el difunto pertenecía a la élite, la momia era cubierta con una máscara funeraria, a menudo ricamente decorada, y colocada dentro de un suntuoso ataúd, que a su vez se introducía en un sarcófago. Una procesión fúnebre, compuesta por familiares, amigos y sirvientes, transportaba el sarcófago hasta el sepulcro, la "casa de eternidad". Allí, se creía que el difunto renacería para gozar de una eterna bienaventuranza, con su cuerpo preservado como ancla para su ba.

La Medicina Egipcia y el Sistema Nervioso

La forma en que los egipcios trataban el cerebro durante la momificación también nos dice algo sobre su comprensión de la medicina y la anatomía. El estudio sistemático de las enfermedades del sistema nervioso, lo que hoy conocemos como neurología, no existía en el Antiguo Egipto. No hay evidencia de que los egipcios tuvieran una concepción del sistema nervioso como un órgano discreto o un sistema interconectado responsable de funciones como el pensamiento o el movimiento.

A pesar de esto, los médicos egipcios eran observadores cuidadosos de las enfermedades y las lesiones. Algunos de sus registros describen síntomas que hoy sabemos que están relacionados con el sistema nervioso. La medicina egipcia era una mezcla de elementos racionales, mágicos y religiosos. Los tratamientos incluían una combinación de medicamentos, manipulación física, oraciones e incluso encantamientos.

Aunque no hay escritos que mencionen especialistas dedicados exclusivamente al sistema nervioso, Heródoto sí indica que existían especialistas de la cabeza. Sin embargo, la función del médico en la sociedad y las razones por las que las personas buscaban atención médica no han cambiado drásticamente desde la época faraónica. Si bien los escritos médicos egipcios antiguos no conectaban los síntomas con patologías del sistema nervioso, sus descripciones de dolencias que hoy se atribuyen a enfermedades neurológicas resultan de interés para los neurólogos modernos, a pesar de la falta de un marco teórico sobre el sistema nervioso en sí.

Comparando el Trato del Cerebro y el Corazón

La diferencia en el tratamiento del cerebro y el corazón durante la momificación es uno de los detalles más reveladores sobre la visión egipcia del cuerpo y la conciencia. Podemos resumirlo en la siguiente tabla:

CaracterísticaCerebroCorazón
Importancia PercibidaBaja (no sede de razón/pensamiento)Alta (sede de sabiduría, personalidad)
PreservaciónNo se preservabaSe dejaba deliberadamente en el cuerpo
Tratamiento Durante MomificaciónExtraído (a menudo vía nasal), cavidad rellenada con resinaPermanecía en su sitio dentro del cuerpo
Rol en la Vida de UltratumbaIrrelevante o desconocidoEsencial (sede del Ba, necesario para el juicio y la resurrección)
Referencia en Textos FunerariosEscasa o nula mención relevanteCentral (defendido en el Libro de los Muertos)

Preguntas Frecuentes sobre el Cerebro Egipcio

¿Por qué los egipcios no consideraban importante el cerebro?

Según las creencias egipcias, el cerebro no era la sede del pensamiento, la razón o la conciencia. Estas funciones se atribuían al corazón. Por lo tanto, no veían la necesidad de preservar el cerebro para la vida de ultratumba.

¿Qué hacían exactamente con el cerebro una vez extraído?

Lo extraían (a menudo a través de las fosas nasales) y lo desechaban. Posteriormente, rellenaban la cavidad craneal con una resina líquida que se endurecía.

¿Cómo se comparaba el trato del cerebro con el del corazón?

Había una diferencia fundamental. El corazón era considerado el órgano más importante, la sede de la sabiduría y la personalidad (el ba), y se dejaba cuidadosamente dentro del cuerpo. El cerebro, en cambio, era extraído y desechado.

¿Los médicos egipcios estudiaban el cerebro o el sistema nervioso?

No existía un estudio sistemático del sistema nervioso como lo entendemos hoy (neurología). Aunque los médicos observaban síntomas que hoy sabemos que son neurológicos, no los relacionaban con el cerebro o el sistema nervioso como un sistema discreto. Su medicina combinaba elementos racionales, mágicos y religiosos.

¿Cuánto tiempo duraba todo el proceso de momificación?

Generalmente, el proceso completo de momificación duraba alrededor de setenta días, incluyendo fases de purificación, deshidratación con natrón y vendado.

Conclusión

La práctica de la momificación en el Antiguo Egipto fue un proceso extraordinariamente complejo, impulsado por profundas creencias religiosas sobre la vida de ultratumba y la necesidad de preservar el cuerpo para la reunificación del ser en el más allá. Dentro de este elaborado ritual, el destino del cerebro destaca por su aparente falta de importancia. Mientras que el corazón era cuidadosamente preservado como la sede de la sabiduría y la personalidad, el cerebro era simplemente extraído y desechado, un reflejo de una comprensión anatómica y fisiológica radicalmente diferente a la nuestra. Este detalle subraya no solo las habilidades técnicas de los antiguos embalsamadores, sino también las particulares concepciones egipcias sobre qué elementos del ser humano eran esenciales para trascender la muerte y alcanzar la eternidad.

Si quieres conocer otros artículos parecidos a Qué Hacían los Egipcios con el Cerebro puedes visitar la categoría Neurociencia.

Foto del avatar

Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

Subir