Why do I always seek pleasure?

La Trampa del Placer: Cerebro y Abundancia

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A primera vista, parece contradictorio: ¿por qué buscamos constantemente el placer? O, dándole la vuelta, ¿por qué no intentamos maximizarlo siempre? Libros de autoayuda, podcasts y gurús de todo tipo a menudo nos instan a perseguir la felicidad y el placer como el objetivo supremo de la vida. Pero, ¿y si esta búsqueda incesante tuviera un lado oscuro, especialmente en el mundo moderno? La respuesta, como en tantas facetas de la experiencia humana, reside en la evolución y en los intrincados mecanismos de nuestro cerebro, desarrollados a lo largo de cientos de miles de años.

Why do I always seek pleasure?
Therefore we are in a twofold and harmful bind; number one, our dopamine receptors can't get enough and are constantly seeking a steady stream of pleasure. Number two, just as problematic, we are developing the brain to compensate for those rushes of constant pleasure.

Durante la mayor parte de nuestra existencia como Homo sapiens, hemos vivido en entornos donde el estrés y la escasez eran la norma. En este contexto, los mecanismos cerebrales adaptativos nos impulsaron a buscar recursos vitales (como alimentos ricos en energía) y a evitar peligros (que causaban dolor). La búsqueda de placer, a menudo asociada a la recompensa por encontrar comida o refugio, y la evitación del dolor, vital para la supervivencia, estaban perfectamente alineadas con las necesidades evolutivas.

La Evolución del Placer y el Dolor

Nuestro cerebro está cableado para la supervivencia. En la prehistoria, encontrar algo dulce significaba energía almacenada como grasa, crucial para los periodos de hambruna. Por eso, los alimentos ricos en azúcar nos daban un gran placer; nos motivaban a buscarlos de nuevo. El dolor, por otro lado, era una señal de daño o peligro inminente (una herida, un depredador, el frío extremo), esencial para protegernos y sobrevivir. Este sistema dual de recompensa (placer) y aversión (dolor) fue increíblemente efectivo para asegurar la continuidad de la especie.

El estrés físico, en dosis manejables, también ha sido históricamente beneficioso. El ejercicio, por ejemplo, estresa el corazón y los músculos, llevándolos a adaptarse y fortalecerse. La exposición controlada al calor o al frío puede mejorar la salud metabólica. Ciertos niveles de estrés nos hacen más fuertes, más resilientes. Pero, ¿qué ocurre cuando este sistema ancestral se enfrenta a la realidad de la sociedad moderna?

La 'Trampa del Placer' en la Sociedad Moderna

El problema no eres tú, ni yo, ni una supuesta falta de fuerza de voluntad. El problema es la propia sociedad moderna. Para muchos de nosotros hoy en día, existe una sobrecarga sin precedentes de accesibilidad, abundancia, potencia y novedad de cosas que nos dan placer. Piensa en la comida de nuevo. Un donut, cargado de azúcar y grasa, algo rarísimo y muy valorado evolutivamente. Hoy no solo tenemos donuts disponibles en cualquier momento, sino que podemos comer tantos como queramos sin apenas esfuerzo físico para obtenerlos. Podemos experimentar un placer intenso, aunque temporal, simplemente extendiendo la mano.

Esto se aplica a casi cualquier cosa que provoque una liberación significativa de dopamina: videojuegos, redes sociales, juegos de azar, deportes extremos, alcohol, drogas... La lista es prácticamente infinita en comparación con cualquier otro momento de la historia humana. Y aquí es donde nuestro increíble cerebro adaptativo, siempre buscando la homeostasis (un estado bioquímico de equilibrio), encuentra un desafío.

Dopamina, Homeostasis y la Balanza Placer-Dolor

La dopamina es un neurotransmisor clave en el sistema de recompensa del cerebro. Se libera en anticipación y consumo de experiencias placenteras. Cuando experimentamos algo muy placentero (un atracón de azúcar, una dosis de una droga, un ‘me gusta’ en redes), hay un pico de dopamina. El cerebro, sin embargo, no le gustan los picos extremos; busca mantener la homeostasis, un estado de equilibrio. Para contrarrestar un pico de placer, el cerebro activa mecanismos compensatorios, como la reducción de la sensibilidad de los receptores de dopamina o la liberación de sustancias que generan sensaciones opuestas (disforia, ansiedad).

Imagina una balanza en tu cerebro, como un subibaja. De un lado está el placer, del otro el dolor (o el displacer, la ansiedad, la disforia). Cuando experimentas placer, la balanza se inclina hacia ese lado. Para volver al equilibrio (homeostasis), el cerebro genera un peso equivalente en el lado del dolor. Si buscas constantemente picos de placer, el cerebro acumula cada vez más ‘peso’ en el lado del dolor. Esto es lo que la Dra. Anna Lembke, autora de “Nación Dopamina”, describe como los “gremlins” que se acumulan en el lado del dolor.

Con el tiempo, esta constante búsqueda de placer y la consiguiente respuesta compensatoria del cerebro llevan a la tolerancia. Necesitas cada vez más cantidad o intensidad del estímulo placentero para sentir el mismo nivel de placer que antes. Y lo que es peor, el estado basal de tu balanza se inclina hacia el lado del dolor. Es decir, incluso en ausencia del estímulo placentero, te sientes peor de lo que te sentirías si no hubieras estado buscando esos picos constantemente.

Las Consecuencias de la Desensibilización

Esta desensibilización de los circuitos de placer y la acumulación de ‘peso’ en el lado del dolor tienen consecuencias graves para nuestra salud mental. En una sociedad inundada de placeres fáciles y potentes, nos volvemos cada vez menos sensibles a los placeres naturales y más propensos a experimentar ansiedad, depresión e insatisfacción cuando no estamos activamente buscando el próximo ‘chute’ de dopamina.

Considera una condición rara llamada Insensibilidad Congénita al Dolor con Anhidrosis (CIPA). Las personas con CIPA no sienten dolor físico ni sudan. Aunque suene ventajoso, es extremadamente peligroso y a menudo fatal a una edad temprana. No detectan heridas, infecciones, quemaduras. El dolor, desagradable como es, es vital para nuestra supervivencia. De manera similar, la desensibilización a las sensaciones de displacer, o la evitación constante de cualquier incomodidad leve, nos priva de señales importantes y nos impide desarrollar mecanismos de afrontamiento saludables.

La alta prevalencia actual de depresión, ansiedad y adicciones puede estar fuertemente relacionada con esta dinámica. Hemos reemplazado las conexiones interpersonales significativas, el crecimiento personal a través del esfuerzo y la superación de desafíos (fuentes de placeres más sostenibles y menos intensos, pero que no activan mecanismos compensatorios tan agresivos) por la gratificación instantánea y potente de la Trampa del Placer.

Hemos Perdido la Resiliencia

Al evitar constantemente cualquier forma de sufrimiento o incomodidad leve (el aburrimiento, la frustración, la soledad momentánea, el esfuerzo físico o mental), estamos socavando nuestra capacidad innata para la Resiliencia. La resiliencia se construye precisamente al navegar y superar la adversidad, al sentarse en el malestar y aprender de él, en lugar de huir de él inmediatamente.

La paradoja es clara: al buscar incesantemente el placer y evitar el dolor a toda costa, nos volvemos menos capaces de lidiar con el dolor inevitable de la vida y, paradójicamente, aumentamos nuestra propensión a experimentar estados de ánimo negativos crónicos.

Encontrando el Equilibrio: Abrazar el Sufrimiento Leve

La solución no es, por supuesto, buscar activamente el sufrimiento grave. Si te rompes una pierna, ve al hospital. Si estás en un estado de dolor mental severo o depresión profunda, busca ayuda profesional o apoyo social. Pero para el sufrimiento leve y cotidiano (el aburrimiento, la frustración de una tarea difícil, una noche de insomnio, la incomodidad del ejercicio, la espera, el rechazo menor), quizás necesitemos aprender a tolerarlo un poco más.

Permitirnos sentir el aburrimiento en lugar de coger el teléfono automáticamente, persistir en una tarea desafiante en lugar de abandonarla, aceptar que no siempre vamos a sentirnos eufóricos. Estos pequeños actos de tolerancia al displacer restablecen el equilibrio de la balanza placer-dolor, permiten que nuestros receptores de dopamina se resensibilicen y construyen esa resiliencia mental y física que tanto necesitamos.

Al igual que el estrés físico controlado fortalece el cuerpo, el estrés mental o emocional leve y manejado adecuadamente fortalece la mente. Sentarse en el malestar, reflexionar sobre él, aprender de él, en lugar de anestesiarlo o huir de él, es fundamental para desarrollar la capacidad de afrontar los desafíos mayores de la vida.

Comportamiento a Corto PlazoEfecto InmediatoEfecto a Largo Plazo (Trampa del Placer)
Buscar placer potente y accesibleAlivio, Euforia, Satisfacción instantáneaTolerancia, Desensibilización, Mayor necesidad de estímulo, Estado basal de displacer, Ansiedad, Depresión, Adicción
Evitar cualquier incomodidad/dolor leveAlivio, Confort temporalFalta de Resiliencia, Mayor sensibilidad al dolor, Incapacidad para afrontar desafíos, Ansiedad ante el displacer inevitable
Tolerar incomodidad/sufrimiento leveDisplacer, Frustración, AburrimientoResensibilización de receptores, Mayor Resiliencia, Capacidad de afrontamiento, Estado basal más equilibrado, Mayor apreciación de placeres naturales, Bienestar sostenido

Preguntas Frecuentes

  • ¿Significa esto que todo placer es malo?
    No, el placer es una parte natural y necesaria de la vida. El problema surge de la búsqueda constante, excesiva, potente y fácilmente accesible de picos de placer en la sociedad moderna, que desequilibra nuestros sistemas cerebrales.
  • ¿Cómo sé si estoy cayendo en la Trampa del Placer?
    Si te encuentras buscando constantemente distracciones o gratificación instantánea ante el menor signo de aburrimiento o incomodidad, si necesitas cada vez más de un estímulo para sentirte bien, o si te sientes ansioso o deprimido cuando no estás 'enganchado' a algo placentero, podrías estar experimentando sus efectos.
  • ¿Cuánto sufrimiento debo tolerar?
    Esto se refiere a la incomodidad leve y manejable del día a día: el aburrimiento, el esfuerzo de una tarea, la frustración menor, la soledad temporal. No se trata de soportar dolor severo, abuso o condiciones peligrosas. Escucha a tu cuerpo y mente, y busca ayuda si el sufrimiento es intenso o inmanejable.
  • ¿Cómo puedo empezar a construir resiliencia a través de la tolerancia al displacer?
    Empieza pequeño. Permítete aburrirte por unos minutos sin recurrir al teléfono. Haz ejercicio aunque te dé pereza. Afronta una tarea difícil en lugar de posponerla. Medita (que a menudo implica sentarse con sensaciones incómodas). Retrasa la gratificación.

La búsqueda de placer es una fuerza biológica poderosa, arraigada en nuestra historia evolutiva. Sin embargo, la abundancia sin precedentes de placeres potentes y accesibles en el mundo moderno ha creado una “trampa” que puede llevarnos a la desensibilización, la infelicidad crónica y la pérdida de Resiliencia. Aprender a tolerar y navegar el sufrimiento leve e inevitable de la vida no es masoquismo, es un acto de autocuidado profundo que puede reequilibrar nuestra balanza interna y conducir a un bienestar más auténtico y duradero.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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