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Neurociencia: Más Allá del Comportamiento

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La neurociencia, conceptualizada de manera amplia, es el estudio intrincado del cerebro y el sistema nervioso. Su objetivo primordial es desentrañar los misterios de cómo crecen y se conectan las neuronas, cómo se manifiestan el desarrollo y el funcionamiento típicos y atípicos, cómo las enfermedades y las lesiones alteran las funciones cerebrales, y cómo aplicar este conocimiento científico para construir una comprensión profunda del comportamiento humano. Esta definición expansiva permite a la neurociencia abordar cuestiones fundamentales sobre cómo las personas interactúan con el mundo, cómo perciben y dan sentido a su entorno inmediato, por qué y cómo actúan en respuesta a estímulos sociales y contextuales, los procesos que subyacen a la percepción, la cognición y el funcionamiento, y la compleja interacción entre los riesgos genéticos y las experiencias de vida que moldean la toma de decisiones y la conducta.

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Comprender y explicar esta complejidad inherente al funcionamiento y al comportamiento, cómo la cognición y la experiencia dan forma a las maneras en que las personas interpretan el momento, el abanico de opciones percibidas disponibles para responder y actuar, y las herramientas de función ejecutiva para sopesar, determinar, iniciar y llevar a cabo un curso de acción, todo ello se encuentra firmemente dentro del ámbito de la neurociencia. Como resultado, la neurociencia ofrece una vía para entender el comportamiento que desafía de manera fundamental la noción, legalmente crucial pero a menudo errónea, de la toma de decisiones basada únicamente en el 'carácter'. En su lugar, propone un proceso cognitivo decisional complejo y específico del contexto que realmente impulsa el comportamiento. Aunque la evidencia neurocientífica suele ser más relevante en cuestiones de sentencia, dependiendo de los hechos específicos de cada caso, puede desempeñar un papel en cualquier etapa del proceso de adjudicación.

Índice de Contenido

Limitaciones de los Enfoques de Evaluación Actuales

En la actualidad, la evaluación de las motivaciones y causas de los comportamientos, así como la determinación de si una persona comprende el probable resultado de sus acciones, son procesos limitados y, en general, carecen de una base científica sólida. El enfoque estándar se basa principalmente en entrevistar al acusado. No se dispone típicamente de pruebas directas del estado mental o de la causalidad del comportamiento, lo que deja la evaluación a inferencias extraídas de las entrevistas con el acusado. En resumen, la práctica actual implica hablar con el acusado, prestando poca atención al reconocimiento y la evitación de sesgos o a la recopilación e interpretación de toda la evidencia colateral disponible.

La Entrevista al Acusado: Un Enfoque Limitado

La entrevista clínica es un componente clave para formular opiniones y diagnósticos relacionados con la condición mental y la culpabilidad. Los evaluadores capacitados hacen preguntas que buscan elicitar los procesos de pensamiento tal como los entiende el entrevistado. Las preguntas abiertas permiten a los acusados explicar e interpretar sus propias acciones, ofreciendo su propia perspectiva sobre lo que hicieron y por qué. Las preguntas cerradas pueden cuestionar una declaración específica que el evaluador considera inconsistente con otros hechos. Sin embargo, los límites de confiar en que una persona describa su propio estado mental son obvios. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos destacó este punto explícitamente en el caso Rompilla v. Beard (545 U.S. 374 (2005)), que anuló una sentencia de muerte porque se determinó que el abogado defensor había sido ineficaz, en parte, por basar el argumento de mitigación casi por completo en declaraciones del acusado y su familia. La opinión del Tribunal afirmó: «Ningún abogado razonable renunciaría al examen del expediente pensando que podría hacerlo igual de bien preguntando al acusado o a los familiares si recordaban algo útil o perjudicial del testimonio de la víctima anterior» (p. 389). Este mismo razonamiento debería aplicarse a la evaluación clínica en todos los casos penales. Confiar únicamente en la autodescripción del acusado es inherentemente problemático, ya que la memoria es falible, la percepción puede estar distorsionada, y la persona puede tener incentivos para presentar una versión sesgada de los hechos o de su estado mental.

El Peligro del Sesgo del Evaluador

Además del alcance limitado de la información que se puede obtener de la entrevista clínica, un fallo crítico del enfoque estándar para formar opiniones es la falta de consideración y control del sesgo del evaluador. Este sesgo puede ser tanto explícito como implícito, y empeora en el caso de una evaluación ahistórica y no contextual, incluso cuando los evaluadores creen que están libres de sesgos. Por ejemplo, en un caso capital federal de Estados Unidos, un evaluador preguntó repetidamente al acusado durante una entrevista psiquiátrica por qué se quitó la chaqueta antes de dispararle a alguien. El evaluador consideró este acto como una fuerte evidencia de planificación e intencionalidad porque, para el evaluador, demostraba un plan para evitar que la sangre de la víctima manchara la chaqueta del acusado. De hecho, esta línea de interrogatorio refleja un tipo de sesgo del evaluador que rara vez se discute: el evaluador aplicando significado a las acciones del acusado en lugar de determinar el verdadero estado mental del acusado en ese momento.

Esta situación ocurre con mayor frecuencia cuando el comportamiento dirigido a un objetivo se malinterpreta como comportamiento intencional. En apariencia, estos dos tipos de comportamiento pueden parecer similares: quitarse la chaqueta. La diferencia reside en los procesos cognitivos subyacentes al acto: los actos intencionales incluyen necesariamente el proceso de sopesar y deliberar el curso de acción, la consideración de los resultados previstos y los cursos alternativos, y la adaptación, durante el curso de la acción, basada en nueva información, estímulos y retroalimentación. El comportamiento dirigido a un objetivo puede parecer similar en el acto en sí, pero no implica los mismos procesos cognitivos complejos. El sesgo del evaluador introduce un error sistemático, no aleatorio, en la evaluación, distorsionando la interpretación de la información y, por lo tanto, las conclusiones alcanzadas sobre el estado mental o la culpabilidad de una persona.

Tipos Comunes de Sesgo Sistemático

Neal y Grisso (2014) informaron sobre el alcance y el efecto potencial de este tipo de sesgo en las evaluaciones psicológicas, definiéndolo como un tipo de error sistemático (en lugar de aleatorio). La idea del sesgo como un error sistemático es útil para enmarcar cómo entender sus efectos en la evaluación. Tres formas comunes de esta falta de fiabilidad sistemática son el solapamiento cultural, el sesgo de expectativa y el sesgo de confirmación.

Solapamiento Cultural (Cultural Overshadowing)

El solapamiento cultural ocurre cuando un evaluador no ve o niega la verdadera condición biológica o psicológica debido a alguna característica socio-cultural específica, o a un conjunto de ellas, del individuo evaluado. Estas características pueden incluir la pobreza, la raza, el género, o el estatus migratorio, entre otras. Este sesgo es común y refleja una tendencia a dar crédito a observaciones simples e inmediatas por encima de las observaciones estructurales y distales que podrían ofrecer una explicación más profunda y contextualizada de la conducta o el estado mental. Por ejemplo, un evaluador podría atribuir erróneamente síntomas de una condición de salud mental a la 'dureza' o 'resiliencia' esperada de alguien de un entorno socioeconómico desfavorecido, pasando por alto la necesidad de una evaluación clínica adecuada.

Sesgo de Confirmación (Confirmation Bias)

El sesgo de confirmación se refiere a la recopilación o el descarte selectivo de datos en oposición a otros datos, típicamente para apoyar una idea preconcebida o un estereotipo. Un evaluador puede tener una corazonada o hipótesis inicial sobre el acusado que busca confirmar, excluyendo otras hipótesis y, conscientemente o no, ignorando la evidencia contradictoria para validar su corazonada. Esta hipótesis inicial del evaluador puede basarse en sus propias creencias personales y políticas, la exposición a la publicidad previa al juicio (que puede generar sugestión y expectativas), o comentarios de la parte remitente sobre sus propias hipótesis acerca de la salud mental del acusado. Un ejemplo clásico de sesgo de confirmación es cuando un evaluador concluye que un acusado tiene un trastorno de personalidad antisocial (TPAS) basándose únicamente en el cargo pendiente, la supuesta conducta criminal y el hecho de que la evaluación se lleva a cabo en la cárcel. Se ha documentado el caso de una evaluadora forense que diagnosticó TPAS a pesar de la presencia de síntomas de un trastorno psicótico, una condición que, según los criterios diagnósticos, excluye el diagnóstico de TPAS. El acusado no pudo proporcionar un historial completo de diagnóstico y tratamiento, lo que impidió a la evaluadora saber que había sido diagnosticado con el trastorno psicótico a los ocho años y había estado medicado durante más de 15 años. A pesar de no encontrar evidencia que apoyara el diagnóstico de TPAS, la evaluadora llegó a esa conclusión, confirmando lo que tenía inmediatamente ante sí: un acusado de un delito violento, presuntamente con TPAS. Su opinión fue rechazada posteriormente por un evaluador más experimentado en la misma agencia, precisamente porque no había evidencia que respaldara el diagnóstico de TPAS.

Sesgo de Expectativa (Expectation Bias)

El sesgo de expectativa se refiere a la forma en que las creencias y puntos de vista del examinador dan forma de manera engañosa y sistemática la entrevista y la evaluación. Esto puede ser más obvio en situaciones donde un examinador asume un motivo para mentir, o que un acusado simulará o fingirá síntomas debido a su estatus como acusado. Por ejemplo, en un caso capital donde el tribunal finalmente dictaminó que el acusado tenía discapacidad intelectual, el experto de la fiscalía realizó once medidas independientes e incrustadas para detectar simulación y fingimiento de síntomas, buscando refutar la evidencia del experto de la defensa sobre un funcionamiento cognitivo sustancialmente deteriorado. El acusado superó las 11 medidas. A pesar de ello, el experto de la fiscalía opinó que el acusado estaba simulando deterioro cognitivo basándose en una pequeña variación en las puntuaciones de subpruebas en una medida repetida (es decir, notó que las puntuaciones en una prueba administrada una vez por el experto de la defensa y una segunda vez por el experto de la fiscalía diferían ligeramente). A pesar de la voluminosa investigación sobre la simulación y su evaluación, la expectativa del experto de la fiscalía de que el acusado *debía* estar simulando lo llevó a desarrollar su propio método para llegar a esa conclusión cuando los métodos estándar no respaldaban su expectativa. De manera similar, las suposiciones de un examinador sobre las creencias y actitudes criminales de un acusado, a menudo basadas en estereotipos raciales y culturales implícitos y explícitos, conducen a sesgos de expectativa. Aunque rara vez se expresan explícitamente hoy en día, tales creencias internalizadas pueden manifestarse al caracterizar a un grupo al que pertenece el acusado como poseedor de ciertas opiniones y actitudes. Por ejemplo, se ha encontrado que las personas blancas tienen creencias implícitas y explícitas sobre que los afroamericanos y latinos son más propensos a la conducta criminal. Esto tiene implicaciones para las evaluaciones transraciales y puede ser una forma de sesgo de expectativa, influyendo en cómo se interpretan las respuestas y comportamientos del acusado.

La presencia de estos sesgos sistemáticos subraya la necesidad crítica de enfoques de evaluación que sean más robustos, objetivos y conscientes de las complejidades cognitivas y contextuales que la neurociencia nos ayuda a comprender. La dependencia excesiva de métodos que son susceptibles a la subjetividad del evaluador y a la autodescripción del individuo evaluado limita severamente nuestra capacidad para obtener una comprensión precisa y justa del comportamiento y el estado mental, especialmente en contextos de alta importancia como el legal.

Preguntas Frecuentes sobre Neurociencia y Evaluación del Comportamiento

¿Qué es exactamente la neurociencia?
La neurociencia es el estudio del cerebro y el sistema nervioso en su totalidad. Busca comprender cómo funcionan las células nerviosas, cómo se desarrollan y conectan, cómo las enfermedades o lesiones afectan el cerebro y cómo todo esto se relaciona con el comportamiento humano.

¿Por qué es importante la neurociencia para entender el comportamiento?
La neurociencia nos muestra que el comportamiento no se basa simplemente en el 'carácter', sino en procesos cognitivos complejos y específicos del contexto, influenciados por la biología y las experiencias de vida. Ofrece una visión más científica y matizada de por qué las personas actúan como lo hacen.

¿Cuáles son las principales limitaciones de las evaluaciones de comportamiento actuales?
Las limitaciones clave incluyen la dependencia excesiva de las entrevistas con el individuo evaluado (cuya autodescripción puede ser poco fiable) y la significativa influencia del sesgo del evaluador, que puede distorsionar la interpretación de la información.

¿Qué es el sesgo del evaluador?
El sesgo del evaluador es la tendencia de las creencias, expectativas o antecedentes del evaluador a influir sistemáticamente en la forma en que realiza e interpreta una evaluación, a menudo de manera inconsciente.

¿Puede dar ejemplos de tipos de sesgo del evaluador?
Sí, algunos tipos comunes incluyen el solapamiento cultural (ignorar condiciones reales debido a características socio-culturales), el sesgo de confirmación (buscar validar una hipótesis inicial ignorando evidencia contradictoria) y el sesgo de expectativa (asumir ciertos comportamientos, como la simulación, basándose en prejuicios o el estatus del individuo).

Conclusión

La neurociencia nos proporciona una ventana invaluable a la complejidad del comportamiento humano, revelando que está impulsado por una intrincada red de procesos cerebrales y experiencias vitales, lejos de las simplificaciones basadas en el carácter. Sin embargo, los métodos actuales para evaluar este comportamiento, particularmente en contextos críticos como el legal, a menudo se quedan cortos. La excesiva confianza en la autodescripción y la presencia de sesgos sistemáticos por parte del evaluador —como el solapamiento cultural, el sesgo de confirmación y el sesgo de expectativa— introducen errores significativos y limitan nuestra capacidad para obtener una comprensión precisa y justa. A medida que la neurociencia continúa avanzando, se hace cada vez más evidente la necesidad de desarrollar y aplicar enfoques de evaluación que sean más objetivos, científicamente fundamentados y conscientes de las complejas interacciones que realmente dan forma a la mente y el comportamiento humanos.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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