Napoleón Bonaparte, una figura cuyo nombre evoca imágenes de batallas épicas y vastos imperios, es recordado principalmente por su genio militar y sus proezas políticas. Sin embargo, reducir a este personaje histórico a solo esos aspectos sería ignorar la rica complejidad de su mente y sus intereses. Contrario a la imagen popular, Napoleón no era ajeno al mundo del conocimiento, mostrando una notable curiosidad tanto por la ciencia como por la lectura, pasiones que cultivó a lo largo de su vida, incluso en los momentos más difíciles de su exilio.

La era en la que vivió Napoleón en Francia fue un período de efervescencia intelectual y científica, especialmente después de la Revolución Francesa. París, en particular, estaba 'saturado de ciencia', como describe el autor Steve Jones. Muchos de los grandes nombres de la física y otras disciplinas participaron activamente en la revolución, mientras que figuras políticas y estadistas dedicaban tiempo a la experimentación en laboratorios. Era un momento en que la ciencia se veía no solo como una búsqueda de conocimiento, sino como una herramienta fundamental para el progreso, la mejora de la vida y el fortalecimiento de la nación. Napoleón, como buen francés de su tiempo, abrazó esta visión, llevándola incluso más lejos que muchos de sus contemporáneos.
El Impulso Napoleónico a la Ciencia
Desde antes de la llegada de Napoleón al poder, el gobierno revolucionario ya había sentado bases importantes para el desarrollo científico en Francia. Se modernizó el sistema de patentes, se eliminó el control gremial sobre las profesiones y se financió un programa público para fomentar y recompensar la innovación. Este entorno propició avances significativos, como la creación del azul ultramar francés, uno de los primeros pigmentos azules asequibles para los artistas.
Cuando Napoleón asumió el cargo de Emperador en 1804, este sistema no solo continuó, sino que se expandió y formalizó con la creación de la Société d'Encouragement pour l’Industrie Nationale (Sociedad para el Fomento de la Industria Nacional). Esta sociedad, dotada de un subsidio considerable y gestionada por un consorcio de científicos y banqueros, tenía como objetivo impulsar la innovación francesa tanto en el ámbito comercial como en el científico. Su alcance era amplio, desde el fomento de nuevas técnicas industriales hasta la exploración de curiosidades tecnológicas de la época, como los primeros autómatas capaces de jugar al ajedrez.
El interés de Napoleón por la ciencia no se limitaba al apoyo institucional. Veía su potencial aplicado para mejorar la calidad de vida de los franceses y aumentar el estatus económico del país. Como resultado de esta creencia general, la era napoleónica fue testigo de varios avances científicos. Aunque el famoso Teorema de Napoleón lleva su nombre, es probable que no fuera él quien lo formuló. Sin embargo, sí se le recuerda por haber apoyado a figuras clave, como el físico Alessandro Volta, inventor de una de las primeras baterías eléctricas, a quien otorgó una posición privilegiada. Asimismo, el científico Claude-Louis Berthollet, a quien llevó consigo a Egipto, realizó importantes contribuciones, introduciendo el uso del cloro como blanqueador y determinando la composición del amoníaco.
La Expedición Científica a Egipto
Quizás el ejemplo más palpable del interés de Napoleón por la ciencia y el conocimiento sea la expedición que emprendió a Egipto en 1798. Aunque militarmente fue una invasión con un ejército de 54,000 hombres, Napoleón no solo llevó soldados y marineros. A su lado viajaron 150 'sabios': científicos, ingenieros y académicos de diversas disciplinas. Su misión no era conquistar el territorio en el sentido puramente militar, sino 'capturar' la cultura y la historia egipcias. Esta dualidad entre conquista militar y exploración intelectual es una característica distintiva de la empresa napoleónica.
Mientras las campañas militares en Egipto tuvieron resultados mixtos para Napoleón, los sabios tuvieron un éxito rotundo en su cometido. Durante su estancia, recopilaron una vasta cantidad de información, notas y dibujos sobre la cultura, historia, antigüedades y la historia natural de Egipto. Aunque la expedición militar terminó en 1801, los sabios regresaron a Francia con un tesoro de conocimiento que tardaría años en ser procesado. El resultado final de sus estudios fue la monumental enciclopedia de 23 volúmenes titulada Description de l’Égypte. Entre los innumerables hallazgos y estudios realizados por esta comisión científica, destaca uno de los más importantes descubrimientos arqueológicos de la historia: la Piedra de Rosetta, clave para descifrar los jeroglíficos egipcios.
El Mundo Interior de Napoleón: Su Pasión por la Lectura
Además de su faceta como promotor de la ciencia, Napoleón era un lector empedernido. Esta pasión se hizo especialmente evidente durante sus últimos años de exilio en Santa Elena (1815-1821). Lejos de las campañas y el gobierno, el tedio y la monotonía se convirtieron en compañeros habituales. Sin embargo, Napoleón encontró en los libros un escape, una fuente de consuelo y reflexión. Al llegar a Santa Elena en 1815, trajo consigo una biblioteca de cuatrocientos libros de Francia, un testimonio de la importancia que la lectura tenía para él.
Según el historiador Will Durant, Napoleón leía varias horas al día en Santa Elena. Retomaba sus obras favoritas de juventud, como los dramas de Racine y Corneille, así como los clásicos de la antigua Grecia y Roma. ¿Por qué volver a estos textos? Como explica el biógrafo Emil Ludwig, 'busca a los poetas y saborea especialmente aquellos pasajes que se aplican a su propio caso. Una epopeya ha quedado atrás; en las epopeyas de otros, intenta encontrar su prototipo'. En estos clásicos, Napoleón buscaba consuelo y entendimiento para su propia situación, comparando su exilio con el destino de figuras históricas o míticas.
Sus Lecturas Preferidas
Entre los clásicos, la Ilíada de Homero ocupaba un lugar especial. Ludwig señala que a menudo leía la Ilíada hasta medianoche, encontrando en ella un gran consuelo. En una conversación de 1816, Napoleón describió la Ilíada como 'el símbolo y la muestra de su época', viendo en Homero a un 'poeta, orador, historiador, legislador, geógrafo, teólogo... el enciclopedista de su era'. Le sorprendían las maneras rudas de los héroes homéricos (sacrificando ganado, cocinando con sus manos), pero admiraba su elocuencia. Curiosamente, no sentía la misma predilección por la Odisea, considerándola simplemente la historia de un aventurero, algo que, en su propia percepción, él nunca fue.
Su lista de lecturas en Santa Elena era variada e incluía tragedias griegas como Edipo Rey de Sófocles y Agamenón de Esquilo, obras épicas como El Paraíso Perdido de John Milton y el poema épico escocés Ossian, textos religiosos como la Biblia, y comedias francesas de Beaumarchais (El Matrimonio de Fígaro, El Barbero de Sevilla) y Molière.
Además de los clásicos, Napoleón se mantenía al día con las publicaciones más recientes, incluyendo memorias y panfletos. Según Ludwig, le interesaba especialmente leer cualquier cosa que estuviera escrita en su contra.
La historia también era un tema recurrente en su lectura. Leía viejos periódicos y, sobre todo, le encantaba leer sobre sus propias campañas y batallas tempranas. El historiador Vincent Cronin menciona que Napoleón encontraba analogías entre su propia 'mala fortuna' y el encarcelamiento de María, Reina de Escocia. Tenía una visión particular de lo que debía ser la historia, afirmando que debía explicar los motivos detrás de las acciones y criticando a historiadores como Tácito por retratar a figuras como Nerón como malvados sin motivación aparente.
Un Favorito Inesperado: Paul et Virginie
De todos los libros que leyó en Santa Elena, uno se destacó como su favorito: la popular novela del siglo XVIII Paul et Virginie de Bernardin de Saint Pierre. Esta historia, sobre dos niños que crecen en la isla de Mauricio, se enamoran, son separados y finalmente la chica muere en un naufragio, resonó profundamente en él. Aunque ya la había leído de joven, en Santa Elena la hizo leer en voz alta varias veces, a menudo diciendo que 'hablaba a su alma'.
A pesar de su afecto por la novela, Napoleón no dejaba de analizarla críticamente, notando detalles económicos y sociales que desmentían la idealización de los 'niños de la naturaleza'. Sin embargo, lo que realmente amaba del libro era cómo le permitía visualizar los inicios de su propia vida y la de Josefina en sus lugares de nacimiento (Córcega y Martinica, respectivamente), idealizados a través de la descripción exuberante de Mauricio en la novela. Veía a Paul plantando papayas como una versión más feliz de sí mismo plantando moreras en Ajaccio, y a Virginie como Josefina en su juventud en Martinica. La novela, con sus personajes humanos, cálidos y generosos, y su trágica historia de amor, encapsulaba, en un entorno idílico y lejano, algunos de los temas centrales de su propia existencia.
Lectura en Voz Alta: Una Tradición en el Exilio
Para llenar las muchas horas ociosas en Longwood, su residencia en Santa Elena, Napoleón ponía su amor por la lectura en práctica organizando sesiones de lectura dramática después de la cena. Distribuía los papeles entre sus compañeros y, según Cronin, leía en voz alta los dramas de Corneille, Racine o Molière con vigor, aunque quizás con poco sentido del ritmo. De vez en cuando, se detenía para comentar alguna línea que le gustaba o le interesaba. Esta práctica no solo era un pasatiempo, sino también una forma de mantener viva la cultura y la interacción intelectual en el aislamiento del exilio.
Preguntas Frecuentes sobre Napoleón, la Ciencia y la Lectura
- ¿Estaba Napoleón realmente interesado en la ciencia?
- Sí, estaba genuinamente interesado en la ciencia, viéndola como una herramienta para el progreso nacional y la mejora social. Apoyó instituciones científicas, financió investigaciones y llevó a cabo misiones con un fuerte componente científico, como la expedición a Egipto.
- ¿Qué hizo Napoleón para fomentar la ciencia?
- Continuó y expandió las reformas científicas de la Revolución, creando la Société d'Encouragement pour l’Industrie Nationale. Apoyó a científicos y les ofreció puestos, como a Alessandro Volta y Claude-Louis Berthollet.
- ¿Qué fue la misión científica en Egipto?
- Fue parte de la campaña militar de 1798. Napoleón llevó consigo a 150 'sabios' (científicos, ingenieros, académicos) para estudiar y documentar la cultura, historia y naturaleza de Egipto. Su trabajo resultó en la monumental Description de l’Égypte y el descubrimiento de la Piedra de Rosetta.
- ¿Cuánto leía Napoleón al día en Santa Elena?
- Según los historiadores, leía varias horas al día durante su exilio.
- ¿Qué tipo de libros le gustaba leer a Napoleón?
- Leía una amplia variedad: clásicos griegos y romanos (Homero, Sófocles, Esquilo), dramas franceses (Racine, Corneille, Molière), épica (Milton, Ossian), textos religiosos (la Biblia), novelas (Paul et Virginie), historia, memorias y publicaciones recientes, incluyendo aquellas críticas hacia él.
- ¿Cuál era el libro favorito de Napoleón en Santa Elena?
- Su libro favorito era la novela Paul et Virginie de Bernardin de Saint Pierre.
- ¿Por qué le gustaba tanto Paul et Virginie?
- Le permitía idealizar y reflexionar sobre los inicios de su propia vida y la de Josefina, encontrando en la historia y sus personajes un eco de temas importantes de su existencia, aunque en un entorno idílico y lejano.
Conclusión
La imagen de Napoleón Bonaparte como el líder militar y político dominante es solo una parte de la historia. Su profundo interés en la ciencia, evidenciado en su apoyo a la innovación y la ambiciosa expedición a Egipto, revela una mente que valoraba el conocimiento y el progreso. Igualmente reveladora es su faceta como lector incansable, encontrando en los libros, desde los clásicos hasta las novelas sentimentales, consuelo, reflexión y una forma de dar sentido a su propia existencia, especialmente durante el aislamiento forzado de Santa Elena. Al explorar estas dimensiones menos conocidas, obtenemos una comprensión más completa y matizada de uno de los personajes más influyentes de la historia.
Su vida, marcada por la acción y la conquista, también tuvo espacio para la contemplación y el estudio. La biblioteca que lo acompañó al exilio y las horas dedicadas a la lectura y la discusión literaria demuestran que, incluso en la derrota, la mente de Napoleón seguía activa y buscando respuestas en las grandes obras del pensamiento humano. No era solo un hombre de guerra, sino también un hombre de letras y un visionario que comprendió el poder transformador de la ciencia.
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