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El Laicismo: Filosofía, Debate y Actitud

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Las palabras, a menudo, nos enredan. Nos conducen por caminos que, lejos de aclarar, complican nuestras creencias, deseos, emociones y, lamentablemente, nuestras acciones. Esto puede generar desastres sucesivos en nuestras vidas. Por ello, una regla de prudencia fundamental antes de abordar cualquier discusión es: ¡Ten cuidado con las palabras! Este consejo resulta especialmente pertinente cuando hablamos de términos como "laicismo" o "laico".

¿Qué es la experiencia religiosa y cómo se convierte en una experiencia de Dios?
La experiencia religiosa supone el acceso a un modo radicalmente original e irreductible, caracterizado por el reconocimiento y la vivencia profunda y convencida de la trascendencia, de hallarse ante una presencia, la presencia de "lo sagrado", la presencia.

Estas palabras, claves en el ámbito político, apenas se pronuncian y ya nos vemos envueltos en debates acalorados que, más que iluminar, enredan y nos distancian, no solo de quienes piensan distinto, sino incluso de nuestros cercanos. La complejidad para desentrañar los embrollos que suscitan las discusiones sobre el laicismo es considerable. Por ello, intentaremos rodear, con cautela, algunos de los efectos provocados por los diversos usos de este término, usos que son indicio de mucha controversia y dolores de cabeza.

Para iniciar esta exploración, podemos recurrir a un diccionario. Sin embargo, debemos ser conscientes de que los diccionarios disponibles suelen provenir de tradiciones predominantemente católicas e influidas por el concepto francés de república. Palabras como "laicismo" o "laico" son difíciles de traducir a lenguas como el inglés o el alemán, donde no tienen equivalentes exactos. Consultando el Diccionario de la Real Academia Española, encontramos:

Laicismo, laico: Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa.

A pesar de su laconismo, esta definición plantea varias inquietudes. ¿Qué significa "doctrina" en este contexto? ¿A qué tipo de "independencia" se refiere? ¿Por qué se usan "eclesiástica o religiosa" casi como sinónimos? Intuitivamente, el adjetivo "laico" se aplica primero a los Estados y solo de forma derivada a las personas. Quizás no existan "personas laicas" en esencia, sino personas con diversas creencias (creyentes, agnósticos, ateos, indiferentes) que pueden, sin embargo, adoptar actitudes que favorezcan un Estado laico. (Es importante distinguir este uso del término "laico" dentro de la Iglesia Católica, donde se refiere a un feligrés no clérigo; ese uso no es relevante aquí).

Antes de profundizar en las dificultades de esta definición, surge una pregunta fundamental: ¿por qué es necesario defender la independencia del Estado frente a las influencias religiosas? O, de manera más amplia, ¿cuál es el problema crucial que una palabra tan polémica como "laicismo" busca resolver hoy en día?

La respuesta más directa, con raíces en el pensamiento hobbesiano, señala lo siguiente: en cualquier sociedad compleja coexisten múltiples concepciones de la vida humana, con valores y normas fundamentales a menudo en conflicto. Históricamente, estos conflictos han sido fuente de tragedias y guerras sangrientas, como atestiguan las guerras de religión. Para evitar la peor situación posible –la guerra de todos contra todos– se necesita un instrumento que garantice la convivencia socio-política y permita a quienes tienen concepciones opuestas desarrollar sus planes de vida sin impedir que otros hagan lo mismo. Este instrumento es el Estado laico.

Un Estado laico reconoce la pluralidad de concepciones valiosas de la vida. En este sentido, identificarlo con un "Estado neutral" puede ser confuso si por neutralidad se entiende la ausencia de valores. Un Estado laico, de hecho, defiende valores como la pluralidad misma, entendiéndola como un factor enriquecedor de la sociedad, lo que a su vez implica el valor de la tolerancia. Esta trama de valores se opone a quienes defienden una única concepción absoluta de la vida, ya sea religiosa o ideológica. A esta defensa de una visión única se le llama, en tiempos recientes, fundamentalismo.

Aun aceptando este razonamiento, la pregunta persiste: ¿cómo puede un arreglo político como el Estado lograr este reconocimiento de la pluralidad y defender su independencia, al menos respecto de las influencias religiosas?

Índice de Contenido

Mecanismos y Modelos de Vida Pública

Una condición ampliamente aceptada para favorecer un Estado laico es la separación legal entre el Estado y la Iglesia o las Iglesias. Sin embargo, ningún Estado sobrevive a largo plazo sin una sociedad cuya vida pública esté acorde con sus ideales, motivando a los ciudadanos a respaldar sus instituciones.

¿Qué tipo de vida pública favorece más a un Estado laico? Se han propuesto dos modelos opuestos para llevar a cabo la independencia del Estado, que podemos llamar "el modelo de la vida pública vacía" y "el modelo de la vida pública llena".

Modelo de la Vida Pública Vacía

Según este modelo, todas las creencias religiosas pertenecen exclusivamente al ámbito privado. No deben admitirse en la vida pública el tráfico de creencias religiosas, ni sus signos. Las normas, usos y costumbres religiosos no deben tenerse en cuenta para resolver problemas de convivencia. En la esfera pública solo deben regir las leyes del Estado, y en democracias, aquellas que recogen los derechos humanos.

Modelo de la Vida Pública Llena

En contraste, este modelo postula que las creencias religiosas son demasiado importantes y definitorias de la identidad y los bienes básicos de una persona como para ser confinadas al ámbito privado. Para lograr un Estado genuinamente independiente, se debe permitir que todas las creencias y sus signos pueblen la vida pública y convivan. Este modelo entiende que "más es más" en cuanto a la presencia religiosa en la esfera pública.

Es importante notar que las creencias religiosas, al igual que otras creencias fundamentales (morales, políticas), no existen aisladas, sino que forman tramas complejas y difíciles de separar. Por ello, los conflictos que suscitan no son solo teológicos sobre el "otro mundo", sino, en la mayoría de los casos, conflictos morales y políticos sobre "este mundo". Debates como la sexualidad, el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia, la estructura familiar, el papel de la mujer, o el apoyo a partidos políticos, son ejemplos claros.

Crítica a los Modelos Ideales

Ambos modelos, la vida pública vacía y la vida pública llena, son, de hecho, ideales. Ninguna vida pública se encuentra ni podría encontrarse completamente vacía de influencia religiosa. La religión es un fenómeno demasiado arraigado en la historia y la cultura. Edificios religiosos, símbolos, e incluso argumentos impregnan el espacio público. Intentar eliminar toda manifestación religiosa, por ejemplo, de la educación, llevaría a medidas impracticables, como suprimir gran parte de la tradición literaria o artística.

Por otro lado, el modelo de la vida pública llena, si bien más realizable en apariencia, también es ideal. Ninguna vida pública está libre de exclusiones, y esto incluye la exclusión de ciertas creencias religiosas. Incorporar todas las tradiciones por igual en un canon cultural, por ejemplo, resulta irrealista; algunos contenidos serán ajenos o ininteligibles, y pocos profesores podrán abordar todas las creencias con la misma profundidad o simpatía.

Tendencias Negativas de los Modelos

El modelo de la vida pública vacía tiende a la represión. Dado que la vida pública no puede ser vaciada por completo de creencias religiosas arraigadas, quienes defienden este modelo intentarán forzar esa ausencia con los medios del Estado y grupos de presión (escuelas, medios, etc.). Esto, tarde o temprano, suele desembocar en actos de violencia.

El modelo de la vida pública llena, por su parte, tiende primero a la fragmentación social. La vida pública se desintegra en diversas subculturas aisladas, con poca interrelación enriquecedora. Católicos se relacionan principalmente con católicos, judíos con judíos, etc. Esta descomposición, un peligro contemporáneo, puede llevar a la "desaparición del mundo", reducido a submundos inconexos. En circunstancias propicias, esta multiplicación desordenada de submundos puede conducir a la confrontación y la guerra, latente o abierta.

La proliferación de signos religiosos, lejos del efecto deseado por los defensores del segundo modelo, a menudo consolida barreras mentales y suscita otras barreras, preparando el terreno para la agresión. En sociedades plurales y multiculturales, la aparición de unos signos religiosos suele provocar la aparición de otros, escalando hacia actos de hostilidad o violencia abierta, similar al resultado del primer modelo.

Más Allá de los Modelos: La Actitud del Laicismo

Ante las limitaciones de los modelos ideales, la clave para la convivencia en sociedades plurales, donde coexisten creencias irreconciliables, reside en la implementación de leyes y políticas de cooperación mínima, pero sobre todo, en una actitud. Una actitud es la disposición de una persona para enfrentar algo o actuar de cierta manera, conformada por una trama de deseos, creencias, emociones y expectativas.

Contrastamos actitudes determinadas (singulares, con contenido específico y descriptible) con actitudes subdeterminadas (generales, densas, con límites difusos, desbordando descripciones concretas). La actitud del laicismo es una actitud general, un talante subdeterminado que guía la acción en pro del Estado laico, inclinándose por aspectos de los modelos ideales según la circunstancia, pero sin adherirse rígidamente a ninguno.

Esta actitud, que también se relaciona con la secularización y la tolerancia, implica evitar la "razón arrogante" que se cree poseedora de la verdad absoluta y reconocer la dialéctica entre el Estado y las actitudes ciudadanas. Para comprenderla mejor, podemos considerar algunos consejos prácticos:

  • Consejo 1: Aquí, en este mundo, nadie está en condiciones de hablar en nombre de Dios. Eliminar la pretensión de hablar "en nombre de Dios" del discurso público. Esto subraya la soberanía de lo temporal y niega cualquier "derecho divino" a la autoridad en este mundo. Implica también despertar de "sueños dogmáticos" seculares (raza, Historia, ideologías infalibles). Sacralizar la política, religiosa o ideológicamente, conduce a la violencia. La única fuente de legitimidad en democracias es la soberanía popular, lo que exige negociación y justificación racional en los conflictos sociales.
  • Consejo 2: No confundas los pocos principios morales no negociables con tus costumbres y tus muchas idiosincrasias, manías y caprichos. La confusión de principios genuinos con hábitos o miedos personales lleva a posturas inflexibles y "militantes rigurosísimos" que causan catástrofes. Distinguir asuntos morales fundamentales (rechazo a la tortura, discriminación) de asuntos indiferentes (vestimenta, gustos musicales) es crucial para evitar convertir cualquier preferencia en una "cuestión de principios" y caer en el sentimentalismo o el fanatismo moral.
  • Consejo 3: No reniegues de las autoridades, cuando lo son, pero intenta evitar las diversas imposiciones. La palabra "autoridad" (de augere: hacer crecer) implica excelencia, sabiduría, rectitud, crédito (autoridad de la ciencia, la tradición, la experiencia). Nos apoyamos en autoridades para aprender y desarrollarnos. Esto no implica infalibilidad y se opone a autoritarismo o sumisión incondicional. Cuidado con pseudo-autoridades y con permitir que una autoridad en un ámbito se extienda más allá de él. La oposición entre tener en cuenta autoridades y aceptar imposiciones es clave para distinguir razonar de adoctrinar.
  • Consejo 4: En una sociedad multicultural habrá usos y costumbres muy importantes, propios de las diversas subculturas que la componen, que tal vez despierten la desaprobación de algunos de esos grupos, y hasta su repugnancia, y que, sin embargo, se tendrán que tolerar, si no se quiere recurrir a la violencia. Debemos aprender a convivir con quienes son distintos, no necesariamente como amigos, pero sí como ciudadanos a los que respetamos y con los que buscamos colaboración. Una sociedad no es un club de pares. Superar la repugnancia y, quizás, aprender a reírse de las extravagancias ajenas y propias, es un paso hacia la tolerancia positiva, que implica darle al otro un lugar en el espacio de nuestras argumentaciones.
  • Consejo 5: No hay obstáculo más pernicioso en la vida legal y política que suponer que puede haber un consenso moral que subsuma los aspectos más importantes de la buena vida a que todas y todos aspiramos. Siempre habrá diferencias morales y políticas fundamentales. El fin del conflicto podría ser el fin de la vida humana y la libertad. Las utopías que buscan consensos totalizadores son peligrosas. Parte de una socialización razonable es aprender a soportar que no solo habrá costumbres que nos repugnan, sino problemas de vida o muerte (aborto, eutanasia, pena capital, guerra) sobre los que quizás nunca haya acuerdo. Hay que esforzarse por negociar normas legales que permitan la convivencia de personas con valores morales diferentes.
  • Consejo 6: Una tarea de los Estados, de las sociedades civiles, de las instituciones públicas, de las organizaciones no gubernamentales, en general, de la política y, sobre todo, de la cultura en las sociedades radicalmente multiculturales de hoy, consiste en establecer redes que interre-lacionen, en varias direcciones, los diversos submundos. Este consejo no busca eliminar las diferencias, sino evitar que se conviertan en una muralla auto-protectora y excluyente. Busca rescatar la compleja unidad del mundo en común, fomentar aprendizajes fuera del gueto y fortalecer las plazas públicas más allá de las "Sectas de los Monótonos" (intereses y vanidades que encuadran grupos). Medios e intelectuales deberían ayudar a construir estas plazas, no levantar murallas.

Reflexiones Finales

Estos consejos, que buscan determinar la actitud del laicismo o la secularización, no implican relativismo moral. Es fundamental distinguir el relativismo del pluralismo. El pluralismo admite múltiples respuestas correctas ante un problema moral, pero siempre dentro de límites y exigiendo que esas respuestas se apoyen en razones. Se trata de mantener una mente abierta y negociar legal y políticamente lo que es moralmente negociable, reconociendo que a menudo podemos negociar más de lo que nuestros prejuicios sugieren.

Sin embargo, aplicar principios morales en la práctica suele ser difícil. No siempre está claro cuáles son las respuestas moralmente correctas o los límites de lo negociable. Problemas como la aplicación del respeto a la autonomía en la educación (currículo obligatorio vs. elección parental), la gestión de la memoria histórica tras catástrofes políticas, o la intervención del Estado en casos de multiculturalismo fuerte (tratamientos médicos forzados, advertencias sobre productos nocivos) muestran la complejidad. Estas dificultades subrayan la importancia de enriquecer continuamente los ámbitos de cada subcultura, atendiendo la autoridad de nuestras experiencias y participando en argumentaciones públicas que desborden la propia subcultura (morales, políticas, legales, religiosas, científicas, estéticas).

Las tensiones generadas al intentar aplicar estos consejos son valiosas y deben ser recogidas en argumentaciones elaboradas. Esta lista de consejos es tentativa e incompleta; la tarea de definir la actitud del laicismo y diseñar políticas razonables requiere continuar agregando y refinando estas pautas.

Modelos de Vida Pública: Una Comparativa Conceptual

CaracterísticaModelo de la Vida Pública VacíaModelo de la Vida Pública Llena
Premisa PrincipalLa religión es estrictamente privada.La religión es fundamental para la identidad y debe estar presente en lo público.
Presencia de Símbolos/Creencias Religiosas en el Espacio PúblicoDeben ser minimizados o eliminados.Deben ser bienvenidos y coexistir.
Base para la ConvivenciaLeyes del Estado y derechos humanos (separados de lo religioso).Coexistencia de diversas creencias religiosas y seculares en el mismo espacio.
Tendencia al Intentar su Implementación IdealRepresión y violencia (debido a la imposibilidad de vaciar completamente).Fragmentación social y potencial agresión (debido al aislamiento de subculturas).

Preguntas Frecuentes

¿Es el laicismo sinónimo de ser antirreligioso o ateo?

No, el laicismo, tal como se aborda aquí, es una doctrina o, mejor, una actitud que defiende la independencia del Estado y la sociedad de la influencia religiosa. No impone una creencia o la falta de ella a los ciudadanos. Una persona puede ser creyente y, al mismo tiempo, tener una actitud laica al favorecer un Estado independiente de las jerarquías eclesiásticas y respetuoso de la pluralidad.

¿Un Estado laico es un Estado que no tiene valores?

No, un Estado laico no es un "Estado neutral" en el sentido de carecer de valores. Por el contrario, un Estado laico defiende activamente valores como la pluralidad de concepciones de vida, la tolerancia y la convivencia pacífica. Se opone a la imposición de una única concepción absoluta de la vida, religiosa o ideológica.

¿Cuál es la principal diferencia entre los modelos de "vida pública vacía" y "vida pública llena"?

La principal diferencia radica en dónde ubican la religión. El modelo de "vida pública vacía" busca confinar la religión estrictamente al ámbito privado, excluyéndola del espacio público. El modelo de "vida pública llena" considera que la religión es demasiado importante para ser privada y aboga por la presencia y coexistencia de todas las creencias y sus símbolos en el espacio público.

Si la vida pública llena permite la expresión religiosa, ¿por qué puede llevar a la confrontación?

Aunque busca la coexistencia, el modelo de vida pública llena puede llevar a la confrontación porque la proliferación de símbolos y creencias religiosas en el espacio público, lejos de ser puramente externa, a menudo refuerza barreras mentales y grupales. Esto puede derivar en la fragmentación social, el aislamiento de subculturas y, en circunstancias propicias, en hostilidad o violencia entre grupos con creencias incompatibles.

¿La tolerancia implica aceptar cualquier práctica o creencia?

La tolerancia, especialmente en su sentido positivo, implica aprender a convivir con usos y costumbres de otras subculturas que pueden incluso resultarnos repugnantes, si no queremos recurrir a la violencia. Sin embargo, el texto sugiere que hay límites morales a lo que es tolerable. No se trata de un relativismo absoluto donde "todo vale", sino de negociar legal y políticamente lo que es moralmente negociable, lo cual a menudo requiere un esfuerzo considerable para distinguir los principios fundamentales de las meras preferencias o idiosincrasias.

¿Por qué es importante evitar que la diferencia se convierta en una muralla?

Evitar que la diferencia se convierta en una muralla es crucial para contrarrestar la tendencia a la fragmentación social. Cuando las particularidades de una subcultura se vuelven barreras excluyentes, se pierde la conexión con el mundo en común y con los demás submundos. Fomentar redes de interrelación y fortalecer los espacios públicos ayuda a rescatar la unidad compleja de la sociedad y permite el aprendizaje mutuo más allá de los guetos.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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