Hace un siglo, el 11 de diciembre de 1913, nacía en Buenos Aires Eduardo de Robertis, una personalidad de inmensa relevancia para la ciencia médica argentina y mundial del siglo XX. Aunque su nombre no alcanzó la notoriedad pública de los premios Nobel argentinos como Bernardo Houssay, Luis Leloir o César Milstein, su contribución al conocimiento científico es de tal magnitud que su figura merece ser recordada y estudiada, especialmente en el mundo hispanohablante, donde a menudo la obra de sus grandes científicos queda injustamente relegada.

Este artículo busca rescatar los momentos cruciales de su trayectoria vital y profesional, analizando con la perspectiva que otorga el tiempo el verdadero impacto de sus aportaciones fundamentales a la biología celular y, por extensión, a la neurociencia.
- Una Vida Dedicada a la Ciencia y la Independencia
- La Célula: Un Universo por Explorar
- Descubrimientos Revolucionarios en la Ultraestructura Celular
- La Microscopía Electrónica: La Herramienta Clave
- "El De Robertis": Un Libro que Marcó Época
- Legado e Inspiración
- Preguntas Frecuentes sobre Eduardo de Robertis
Una Vida Dedicada a la Ciencia y la Independencia
El camino científico de Eduardo de Robertis comenzó temprano. Tras cursar sus estudios secundarios, ingresó a la Facultad de Medicina de Buenos Aires en 1932. Desde su primer año, demostró una vocación inquebrantable por la investigación, incorporándose al laboratorio del profesor de Histología, Don Pedro Rojas. Esta temprana dedicación fructificó en la publicación de 24 trabajos sobre citología incluso antes de finalizar su carrera universitaria, uno de ellos en la prestigiosa revista alemana Z. Zellforch.
La década de 1940 fue un periodo de intensa formación y crecimiento. Con el apoyo de diversas becas, alternó estancias en reconocidas universidades de Estados Unidos, como Chicago, John Hopkins (1940-1941) y el Massachusetts Institute of Technology (MIT, 1946-1948), con su labor en la Universidad de Buenos Aires, donde ejerció como jefe de trabajos prácticos y defendió su tesis doctoral. Sin embargo, la independencia de criterio que siempre caracterizó a De Robertis se manifestó tempranamente. En 1946, renunció a su cargo en UBA tras la destitución por motivos políticos del profesor Manuel Varela, quien había sucedido al fallecido Prof. Rojas. Este acto de principios marcó una pauta en su relación con el poder y los convencionalismos.
La situación política en Argentina lo llevó a trasladarse a Montevideo en 1949, tras declinar una oferta de permanencia en la Universidad de Washington en Seattle. En Uruguay, se instaló en el Instituto de Investigación en Ciencias Biológicas del Hospital de Clínicas, donde permaneció hasta 1957. Ese año, regresó a la Universidad de Buenos Aires para asumir el cargo de Profesor de Histología y Director del Instituto de Biología Celular, institución que hoy honra su memoria llevando su nombre. A lo largo de su distinguida carrera, Eduardo De Robertis recibió importantes reconocimientos, como el Premio Houssay de la Organización de Estados Americanos, y fue miembro de numerosas academias científicas, tanto argentinas como extranjeras. Falleció en 1988 en su ciudad natal, dejando un legado imborrable.
Su vida no estuvo exenta de decisiones personales valientes y poco convencionales, como la relación que mantuvo en Uruguay con la gran poeta Juana de Ibarbourou, veinte años mayor que él. Esta faceta de su vida, mencionada en el texto fuente, refuerza la imagen de un hombre autónomo, capaz de tomar decisiones importantes al margen de la conveniencia social o profesional.
La Célula: Un Universo por Explorar
El objeto central de la investigación de Eduardo De Robertis fue, sin duda, la célula. Si bien sus primeros trabajos se basaron en la microscopía óptica durante su etapa de estudiante, sus contribuciones más trascendentales emergieron con la incorporación de la microscopía electrónica y la experimentación biológica a su arsenal metodológico. De Robertis comprendió que para desentrañar los misterios de la vida, era necesario explorar la estructura íntima de la unidad básica de los seres vivos.
Su visión de la célula no se limitaba a una mera descripción morfológica; buscaba activamente la correlación entre la estructura y la función, un enfoque que fue revolucionario en su tiempo y que sentó las bases de la biología celular moderna.
Descubrimientos Revolucionarios en la Ultraestructura Celular
A finales de 1947, utilizando la naciente microscopía electrónica, Eduardo de Robertis logró identificar por primera vez los
Otro hallazgo significativo en esos años fue la identificación de la naturaleza ciliar de la conexión entre los segmentos interno y externo de los fotorreceptores en la retina. Esta descripción ultraestructural fue clave para entender la dinámica funcional de estas estructuras especializadas en la percepción de la luz.
Sin embargo, el descubrimiento que el propio De Robertis consideraba el más importante de su carrera, lo realizó junto a H. S. Bennet: la identificación de las
La investigación sobre las vesículas y receptores sinápticos proporcionó evidencia ultraestructural crucial que confirmó la teoría de la neurona postulada por Santiago Ramón y Cajal, poniendo fin de manera definitiva a la antigua y acalorada polémica entre los neuronistas (que sostenían que el sistema nervioso estaba formado por unidades discretas, las neuronas) y los reticularistas (que defendían la idea de una red continua). La obra de De Robertis, al visualizar la estructura clave de la sinapsis, demostró la discontinuidad entre neuronas, validando el modelo de Cajal.
Es ineludible mencionar la controversia en torno al Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1970. El galardón fue otorgado a Bernad Katz, Ulf von Euler y Julius Axelrod por sus descubrimientos sobre los neurotransmisores en las terminaciones nerviosas, sus mecanismos de almacenamiento, liberación e inactivación. Si bien el mérito de los premiados es indiscutible, sorprende y causa frustración en la comunidad científica de habla hispana que Eduardo de Robertis no haya sido incluido en la terna, dada su contribución decisiva al descubrimiento de las vesículas sinápticas, la estructura fundamental para el almacenamiento y liberación de dichos neurotransmisores. Aunque fue citado en el discurso de los laureados, esta omisión se suma a otros casos de científicos hispanos cuyas aportaciones no han sido priorizadas por el comité sueco, como Fernando de Castro en 1938 o Salvador Moncada en 1998. Esta situación resalta la importancia de visibilizar y valorar adecuadamente los logros de los científicos de habla hispana.
La Microscopía Electrónica: La Herramienta Clave
La microscopía electrónica, una tecnología nacida de los avances de la física en el periodo de entreguerras, comenzó a aplicarse a la investigación biológica y médica en la década de 1940. Los primeros prototipos comerciales aparecieron en 1939 (Siemens) y 1946 (Philips). Científicos como George Palade, Keith Porter y Albert Claude fueron pioneros en el desarrollo de métodos para la preparación y observación de muestras biológicas con esta nueva herramienta.
Eduardo de Robertis se insertó en este contexto emergente de manera muy temprana. En 1947, durante su estancia en el MIT, comenzó a trabajar con uno de los pioneros en el uso y aplicación de la microscopía electrónica en biología: el profesor Francis Schmitt. A partir de ese momento, el microscopio electrónico se convirtió en su principal herramienta de investigación. No solo lo utilizó para realizar algunos de sus descubrimientos más importantes, sino que también contribuyó activamente al desarrollo de nuevos métodos y técnicas que permitieron explotar al máximo las capacidades del instrumento para la observación de muestras biológicas.
Tras su formación inicial, De Robertis continuó su trabajo con microscopía electrónica en Montevideo, donde el Instituto de Investigación en Ciencias Biológicas había adquirido un equipo en 1950 gracias al apoyo de la Fundación Rockefeller. Durante sus siete años en Uruguay, con visitas periódicas a Estados Unidos, consolidó su dominio de la técnica. Al regresar a Buenos Aires en 1957, se hizo cargo del primer microscopio electrónico instalado en la Universidad de Buenos Aires. Desde esta posición, ejerció un liderazgo fundamental en la microscopía electrónica en toda Iberoamérica, formando a numerosas generaciones de microscopistas y impulsando una investigación científica de primer nivel en este campo.

"El De Robertis": Un Libro que Marcó Época
Una de las contribuciones más perdurables y de mayor impacto de Eduardo De Robertis fue la publicación de su libro sobre citología y biología celular. Publicado por primera vez en 1946 con el título “Citología General”, junto a Victor Nowinski y Francisco Sáez, este texto evolucionó con el tiempo, cambiando su nombre a “Biología Celular” en 1965 y a “Biología Celular y Molecular” a partir de 1981. El libro ha sido reeditado y actualizado continuamente hasta nuestros días, convirtiéndose en un clásico indiscutible en el ámbito de las ciencias biomédicas y de la salud.
La influencia del libro trasciende las fronteras del idioma. Además de sus numerosas ediciones en español, fue traducido al inglés en 1948 y posteriormente a una gran cantidad de lenguas, incluyendo portugués, italiano, japonés, ruso, polaco, húngaro, entre otras. Popularmente conocido simplemente como "
El éxito sin precedentes del libro se fundamentó en la aguda intuición de Eduardo de Robertis para percibir el cambio de paradigma que estaba experimentando la citología a principios de la década de 1940. En ese momento, la emergencia de la microscopía electrónica, junto con el desarrollo de la histoquímica (con figuras como Gomori y Takamatsu) y la inmunohistoquímica (con aportaciones como las de Coons sobre la localización de antígenos mediante anticuerpos fluorescentes), estaba transformando la forma de estudiar la célula. Paralelamente, se producían avances significativos en bioquímica y genética.
La gran originalidad y novedad del libro de De Robertis, pionero en su género, fue precisamente su enfoque integrador. Logró fusionar el conocimiento morfológico-estructural, renovado por las espectaculares imágenes de la microscopía electrónica, con el conocimiento bioquímico-funcional y genético, al que la histoquímica, la inmunohistoquímica y la experimentación aportaban un dinamismo ausente en la mera descripción histológica clásica. La colaboración interdisciplinaria con el genetista Francisco Alberto Sáez y el bioquímico Wiktor Nowinski fue esencial para lograr esta síntesis y convertir el libro en el prototipo y modelo para todos los textos de Biología Celular que le seguirían.
El propio De Robertis relató la diferencia de visión que existía en aquella época al comentar una anécdota con Don Pío del Río Hortega (discípulo de Cajal y descubridor de la oligodendroglía y la microglía). Tras una conferencia donde De Robertis expuso resultados obtenidos con nuevas técnicas aprendidas en EE.UU., Don Pío le sugirió que las imágenes habrían sido más bellas si las hubiera fijado con formol. Esta respuesta ilustra la diferencia entre una concepción de la histología centrada en la belleza formal de las preparaciones y la visión de De Robertis, orientada a la correlación morfo-funcional, más acorde con la biología celular del futuro.
Legado e Inspiración
La vida y la obra de Eduardo De Robertis son un testimonio de una profunda pasión por la ciencia, la universidad pública y su país, siguiendo la estela de otros grandes científicos argentinos como Bernardo Houssay. Esta pasión estuvo siempre acompañada por una voluntad firme para alcanzar sus metas científicas y, crucialmente, por una independencia de criterio inquebrantable.
Su decisión de investigar desde estudiante, su ambición por aprender de los mejores a nivel mundial y su empeño por impulsar la investigación al máximo nivel en Argentina y Uruguay lo convierten en un modelo de científico a imitar. Su independencia frente al poder y los convencionalismos, manifestada en actos como su renuncia por la destitución política de un colega, el rechazo a una posición estable en Estados Unidos, o sus decisiones personales, lo configuran como un prototipo de hombre libre y autónomo cuya figura es digna de reconocimiento y valoración, más allá de la sintonía que cada uno pueda tener con sus elecciones.
El autor de la fuente original comparte un recuerdo personal que ilustra el impacto de De Robertis: una visita inesperada a su aula de medicina en Cádiz en 1972. La seriedad y síntesis de su discurso, y la profecía de su profesor de histología de que aquella visita sería lo único memorable del curso, dejaron una huella imborrable. Más de cuarenta años después, la imagen y el estímulo de aquella fugaz presencia perduran.
En el centenario de su nacimiento, la esperanza es que el relato de la vida y obra de Eduardo de Robertis pueda seguir inspirando y motivando a las nuevas generaciones de estudiantes y médicos en España y América, transmitiendo el mismo impulso que su figura generó en aquellos que tuvieron la suerte de conocer su trabajo o incluso de cruzar su camino.
Preguntas Frecuentes sobre Eduardo de Robertis
¿Cuáles fueron los principales descubrimientos de Eduardo de Robertis?
Sus descubrimientos más importantes incluyen la identificación de los
¿Por qué es tan importante el libro "Biología Celular" de De Robertis?
Conocido popularmente como "
¿Cuál fue su papel en la microscopía electrónica?
Fue un pionero en el uso de la
¿Ganó Eduardo de Robertis el Premio Nobel?
No, a pesar de que su descubrimiento de las
¿Dónde desarrolló su carrera Eduardo de Robertis?
Principalmente en la Universidad de Buenos Aires (Argentina), donde estudió, enseñó y dirigió el Instituto de Biología Celular. También tuvo estancias importantes de investigación en varias universidades de Estados Unidos (Chicago, John Hopkins, MIT) y trabajó durante varios años en el Instituto de Investigación en Ciencias Biológicas de Montevideo (Uruguay).
¿Quiénes fueron sus colaboradores en el famoso libro?
La primera edición de "Citología General" la co-escribió con Victor Nowinski y Francisco Sáez, un bioquímico y un genetista respectivamente. Esta colaboración interdisciplinaria fue clave para el enfoque innovador del libro.
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