¿Qué es el albur y de dónde proviene?

Qué Dice la Neurociencia del Cerebro Estudiantil

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Cuando pensamos en la enseñanza y el aprendizaje, nuestra mente suele dirigirse hacia elementos visibles y tangibles: los docentes, los estudiantes, los espacios físicos, los programas de estudio, las metodologías y los contextos. Sin embargo, rara vez nos detenemos a considerar el protagonista fundamental de este proceso: el cerebro. La neuroeducación, también conocida como neuroaprendizaje, emerge precisamente de esta reflexión, proponiéndose como un campo interdisciplinario que amalgama valiosos conocimientos provenientes de la ciencia cognitiva, la neurociencia, la psicología y, por supuesto, la educación. Su premisa central es poderosa y clara: si logramos comprender cómo funciona el cerebro humano al momento de aprender, podremos diseñar experiencias educativas que potencien y transformen radicalmente la forma en que adquirimos conocimiento.

¿Qué es el albur y de dónde proviene?
El albur, entendido como un duelo de palabras de doble sentido con alusiones sexuales, es una expresión cultural del español mexicano tan importante que ha permeado diferentes estratos sociales e, incluso, se ha registrado en expresiones literarias, como la canción popular, el teatro de parodia política y la novela ( ...

La información que la neurociencia pone a nuestra disposición tiene el potencial de ir más allá de la simple mejora de prácticas pedagógicas existentes; puede incluso influir en la formulación de políticas educativas a largo plazo. Se habla de 'potencial' porque es crucial entender que la neuroeducación no se presenta como la única respuesta o el camino definitivo, sino como una herramienta transversal, una perspectiva complementaria que invita a educadores, investigadores y formuladores de políticas a repensar profundamente los procesos de enseñanza y aprendizaje. Es un diálogo abierto entre distintas áreas del saber, buscando sinergias que beneficien directamente a quienes están en las aulas.

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El Puente entre el Laboratorio y el Aula

Durante mucho tiempo, existió una distancia considerable entre los avances en la investigación neurocientífica y su aplicación práctica en el ámbito educativo. Diego Golombek, doctor en Ciencias Biológicas e investigador, recuerda un trabajo de 1997 titulado “Neurociencias y Educación: un puente demasiado lejos”. Este artículo señalaba que, si bien se había progresado enormemente en laboratorios para entender procesos como la atención, la memoria, la concentración, el aprendizaje, o el impacto de la nutrición y el sueño, ese conocimiento no lograba permear las aulas. Casi treinta años después, Golombek afirma con convicción que “es el momento de trazar el puente”.

Según Golombek, “está empezando a haber sinergias entre lo que sabemos de la neurociencia básica y lo que puede ocurrir en el aula”. Sin embargo, es fundamental abordar esta conexión con cautela y una mirada complementaria. La neurociencia, en ningún caso, pretende suplantar los aspectos pedagógicos y didácticos que son inherentes a la labor docente. “Jamás la neurociencia va a pretender reemplazar aspectos pedagógicos de lo que debe ocurrir en un aula, a cuyo cargo está obviamente el o la docente”, subraya Golombek. Se trata de una colaboración, de enriquecer las prácticas existentes con una comprensión más profunda del órgano que aprende: el cerebro.

La Sorpresa y el Recelo ante el Cerebro

Es comprensible que aún exista cierta sorpresa, e incluso recelo, por parte de algunos educadores al poner el foco en el funcionamiento del cerebro dentro del proceso educativo. Laura Marinucci, bióloga y especialista en Educación, atribuye esta sorpresa a que, históricamente, la educación se ha centrado más en la transmisión de contenidos que en la compleja naturaleza del aprendizaje humano. “La neurociencia ha revelado que el aprendizaje no es un proceso lineal, sino que depende de factores como la emoción, la atención, la memoria y la plasticidad cerebral”, explica Marinucci. Dado que muchos de estos descubrimientos son relativamente recientes, la integración entre la investigación neurocientífica y las prácticas educativas es un campo en constante evolución.

Andrea Goldin, licenciada en Ciencias Biológicas y doctora en Ciencias Fisiológicas, investigadora del CONICET y del laboratorio de Neurociencias del Instituto Di Tella, ve la sorpresa como algo positivo. “Los seres humanos en particular somos super curiosos”, comenta, aunque lamenta que esa curiosidad a menudo se vea disminuida a lo largo de la educación y la vida. Pensar en el cerebro genera fascinación porque, como señala Goldin, la neurociencia tiene mucho de filosofía: es el propio cerebro intentando entenderse a sí mismo. Además, los principios básicos de funcionamiento del sistema nervioso y sus efectos son, en gran medida, universales, lo que genera un interés intrínseco. La neuroeducación, en este contexto, busca “encontrar mecanismos y situaciones que hagan que ese cerebro esté más cómodo para aprender o enseñar”.

Volviendo al recelo, Golombek reflexiona que quizás se deba a la preocupación de que la neurociencia intente imponer una única forma de pensamiento o modalidad educativa. Si eso ocurriera, sería un error. La esencia, insiste, es la interdisciplina, la sinergia. “Colaborar, complementarnos con lo que empezamos a saber en los laboratorios que sea beneficioso para el aula”, resume Golombek, destacando la importancia de una colaboración respetuosa y mutuamente enriquecedora.

El Cerebro, las Emociones y el Aprendizaje Profundo

Es fundamental comprender que no somos meramente cerebros aislados. Andrea Goldin enfatiza: “Nosotros somos mucho más que nuestro cerebro”. Si bien este órgano es responsable de nuestra interacción con el mundo, también es donde residen nuestras sensaciones y emociones. Como Goldin aclara: “No somos un cerebro con patas, somos un cerebro que está dentro de un cuerpo, y ese cuerpo está dentro de una familia, un barrio, una sociedad, una cultura que van a ir moldeándolo”. Esta capacidad de ser moldeado por las experiencias es una de las particularidades maravillosas de nuestro cerebro: su notable plasticidad.

En línea con esta idea, Laura Marinucci, basándose en años de experiencia docente, afirma categóricamente que “las emociones son el cemento del aprendizaje”. Una propuesta pedagógica que logre motivar a los estudiantes, que los conecte con su realidad, sus emociones y un propósito significativo, es crucial. Esto facilita la creación de las conexiones necesarias entre los conocimientos que ya poseen y los nuevos, conduciendo a un aprendizaje profundo y duradero, aquel que es verdaderamente relevante y útil a lo largo de la vida. Marinucci señala que descubrir cómo los estados emocionales, el sueño o el estrés impactan en el aprendizaje genera sorpresa precisamente porque revela cuánto margen de mejora tenemos al integrar este conocimiento, algo que aún no aprovechamos plenamente en la educación tradicional.

¿Neuroeducador o Sinergia Interdisciplinaria?

Respecto a la figura del “neuroeducador”, Diego Golombek se muestra cauto. No está seguro de si el rótulo existe formalmente. En su opinión, lo que sí existe son educadores con sólida formación en didáctica y pedagogía que muestran interés por los hallazgos de la neurociencia, y por otro lado, investigadores en neurociencias que identifican aplicaciones concretas de su trabajo en el ámbito educativo. La neuroeducación reside en ese punto medio, en la confluencia de ambos mundos.

Golombek también advierte sobre la excesiva popularidad del prefijo “neuro”, que ha llevado a un “abuso” o “seducción” por etiquetar todo con “neuro”: neuro fútbol, neuro helado, neuro aula. Esto puede generar escepticismo. Por ello, considera que el punto más rico es la colaboración entre quienes provienen de las neurociencias y quienes se dedican a la educación. Esta mirada transversal e interdisciplinaria siempre redundará en un gran beneficio para el conocimiento y, en última instancia, para los estudiantes.

Rompiendo Barreras: Más Allá de las Ciencias "Duras" y "Blandas"

Existe en el ámbito académico, particularmente en Educación, una histórica línea divisoria, un cierto recelo entre quienes se identifican con las ciencias sociales o, como Golombek menciona, las mal llamadas “ciencias blandas”, y quienes provienen de las “ciencias duras”. Golombek observa que esta distinción está cambiando. No solo porque el mundo de la educación se vuelve más receptivo, sino también porque los investigadores en neurociencia comprenden que no pueden ni deben imponer un discurso; no tienen las herramientas ni corresponde hacerlo.

Laura Marinucci señala que este enfoque fragmentado, donde los contenidos se presentan de manera aislada, persiste en parte debido a la estructura escolar tradicional organizada por materias o disciplinas. Afortunadamente, esto está empezando a cambiar gracias a la implementación de estrategias pedagógicas activas en muchas instituciones, como el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP).

Marinucci ejemplifica con un proyecto sobre el ahorro de agua. Para diseñar una solución, los estudiantes necesitan conocimientos de ciencias naturales (ciclo del agua), habilidades matemáticas (calcular consumo), y competencias sociales y lingüísticas (comunicar propuestas). Esto fomenta la conexión entre disciplinas y ayuda a comprender que ciencias exactas y sociales son complementarias para resolver problemas complejos. Desde la neuroeducación, se sabe que el cerebro no organiza el conocimiento en compartimentos estancos. El aprendizaje es más efectivo cuando las experiencias activan múltiples redes neuronales, integrando habilidades analíticas, creativas y emocionales.

Llevando la Neurociencia al Aula: Estrategias Prácticas

Los especialistas coinciden en que la base para llevar los hallazgos de la neurociencia al aula es el respeto mutuo. El aula es un entorno complejo con sus propias dinámicas y saberes. Golombek lo resume: “No podemos irrumpir en el aula, podemos proponer, podemos observar, podemos charlar, podemos discutir y comentar y sobre esa base avanzar de común acuerdo, con consensos de pequeños, muy pequeños, cambios o mejoras que por qué no deben ser experimentales”.

Laura Marinucci propone estrategias clave. Es fundamental “Diseñar actividades que fomenten la motivación y la gestión emocional, promoviendo un entorno seguro donde los estudiantes se sientan cómodos y receptivos al aprendizaje”. La atención es “la puerta de entrada al aprendizaje”, por lo que recomienda alternar momentos de alta concentración con pausas activas, cruciales para que el cerebro pueda “consolidar la información”. Además, el uso de recursos variados (visuales, auditivos, kinestésicos, táctiles) enriquece el aprendizaje, ya que el cerebro procesa mejor la información involucrando múltiples sentidos.

Golombek reitera que una actitud impositiva “no sirve para nada, es contraproducente y no funciona”. Andrea Goldin describe dos enfoques para aplicar la neurociencia en el aula. Uno es empoderar a los alumnos: que comprendan cómo funciona su propio cerebro y qué pueden hacer para que se sienta más cómodo (alimentación, control emocional). El otro es que los educadores utilicen el conocimiento neurocientífico para organizar contenidos y ejercicios, adaptándose a las habilidades individuales y aprendiendo de los errores y experiencias.

Pantallas, Nativos Digitales y Pensamiento Crítico

Un tema relevante es el uso de pantallas en la educación. Goldin explica que el software de las pantallas está diseñado para capturar nuestra atención de forma exógena (externa), lo que compite con nuestra capacidad de dirigir la atención hacia procesos de pensamiento específicos. Sin embargo, tras investigar el tema, Goldin está convencida de que la solución no es prohibir las pantallas. Las nuevas tecnologías son una realidad, y lo inteligente es entenderlas y aprovecharlas como herramientas, sin perder de vista el objetivo pedagógico. Es necesario aprender a utilizarlas de manera efectiva.

Goldin critica la idea de que los jóvenes son simplemente “nativos digitales” y ya saben cómo usar las pantallas. Es fácil tener una “ilusión de fluidez”, ya que al cerebro le gusta sentirse cómodo. Pero las bases del pensamiento crítico, necesarias para discernir los pros y contras, beneficios y desafíos de estas herramientas, no son intuitivas ni innatas. Goldin subraya enfáticamente que “El pensamiento crítico es algo que te tienen que enseñar”. Por lo tanto, en lugar de prohibir las pantallas en educación, se debe enseñar a los estudiantes a usarlas de manera reflexiva y crítica.

Preguntas Frecuentes sobre Neurociencia y Educación

¿Qué es la neuroeducación?
Es una disciplina que integra conocimientos de neurociencia, ciencia cognitiva, psicología y educación para comprender cómo aprende el cerebro y mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje.

¿La neurociencia busca reemplazar la pedagogía?
No, los expertos enfatizan que la neurociencia es una herramienta complementaria que busca enriquecer y dialogar con las prácticas pedagógicas existentes, no sustituirlas.

¿Cómo influyen las emociones en el aprendizaje?
Las emociones son consideradas fundamentales para el aprendizaje profundo y duradero. Crean las conexiones necesarias entre conocimientos previos y nuevos, y un entorno emocionalmente seguro facilita la receptividad y la motivación.

¿Qué significa que el cerebro es plástico?
La plasticidad cerebral se refiere a la capacidad del cerebro para modificarse y reorganizarse a lo largo de la vida como resultado de las experiencias, el aprendizaje y la interacción con el entorno social y cultural.

¿Existe la figura del "neuroeducador"?
Según los expertos, más que un rótulo formal, se trata de un punto de encuentro entre educadores interesados en los hallazgos de la neurociencia y neurocientíficos que buscan aplicar sus investigaciones al ámbito educativo. La clave está en la colaboración interdisciplinaria.

¿Cómo se puede aplicar la neurociencia en el aula?
Se puede aplicar de diversas formas, como diseñando actividades que promuevan la motivación y la gestión emocional, utilizando pausas activas para consolidar información, empleando recursos multisensoriales, y enseñando a los estudiantes sobre el funcionamiento de su propio cerebro y cómo cuidarlo.

¿Deben prohibirse las pantallas en el aula?
Los expertos sugieren que, en lugar de prohibirlas, es fundamental enseñar a los estudiantes a usar las pantallas de manera efectiva y crítica. Las tecnologías son herramientas que deben integrarse con objetivos pedagógicos claros, fomentando el desarrollo del pensamiento crítico, que no es innato.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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