¿Cuáles son los 3 tipos de atención?

Tu Nivel de Alerta: Clave para Adaptarte

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Nuestro nivel de alerta es un estado fundamental de nuestro ser, representando la activación general de nuestro organismo, tanto a nivel físico como psicológico. No es un estado estático, sino que fluctúa constantemente a lo largo del día y en respuesta a los estímulos del entorno. Piensa en ello como un termostato interno que ajusta la energía y la capacidad de respuesta que necesitamos en cada momento. El objetivo es alcanzar un nivel óptimo de alerta, aquel que nos permite afrontar la actividad que estamos realizando de la mejor forma posible. Es evidente que la activación requerida para una tarea compleja y demandante, como conducir en una autopista concurrida, difiere enormemente de la necesaria para una actividad relajante, como leer un libro antes de dormir.

Desde la infancia, pero especialmente en la edad adulta, desarrollamos una serie de mecanismos, algunos plenamente conscientes y otros automáticos e inconscientes, para intentar modular este nivel de alerta según las circunstancias. Cuando nos sentimos excesivamente nerviosos o activados, podemos recurrir a estrategias como morder un bolígrafo, dar un paseo rápido o practicar técnicas de respiración. Si, por el contrario, notamos que nuestro nivel de alerta es bajo y nos sentimos somnolientos, podemos buscar estímulos que nos activen, como beber una bebida con cafeína o lavarnos la cara con agua fría. Estas son formas de autorregulación que la mayoría de los adultos empleamos de manera habitual, a menudo sin siquiera darnos cuenta del proceso subyacente.

¿Cuál es un dato curioso sobre la neurociencia?
La capacidad de almacenamiento del cerebro se considera virtualmente ilimitada. Las investigaciones científicas sugieren que el cerebro humano consta de alrededor de 86 mil millones de neuronas. Cada neurona forma conexiones con otras neuronas, lo que podría sumar hasta 1 cuatrillón (1000 billones) de conexiones.
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Cuando la Regulación de la Alerta Falla

El desafío surge cuando una persona no es plenamente consciente de su propio estado de alerta o, siéndolo, carece de las herramientas, estrategias o habilidades necesarias para modularlo eficazmente. En estos casos, el individuo puede sentirse abrumado por los estímulos del entorno, incapaz de filtrarlos o procesarlos adecuadamente. Es como si estuviera a merced de la marea sensorial y emocional del momento, reaccionando de forma desproporcionada o inadecuada. Esto puede manifestarse de dos maneras principales:

  • Excitación o sobrecarga: Un estado de hiperactivación donde la persona se siente nerviosa, inquieta, irritable, con dificultades para concentrarse o permanecer quieta. Las reacciones pueden ser impulsivas o explosivas.
  • Desconexión o "shutdown": Un estado de hipoactivación donde la persona parece apática, retraída, con baja energía, dificultades para procesar información o interactuar con el entorno. Es una forma de desconexión para protegerse de la sobrecarga.

En ambos extremos, la capacidad de la persona para funcionar de manera adaptada y efectiva en su entorno se ve comprometida. La falta de regulación impacta en el aprendizaje, las interacciones sociales, la capacidad de resolver problemas y el bienestar emocional general.

La Alerta en Contexto: Diferentes Situaciones, Diferentes Respuestas

Para comprender mejor cómo el nivel de alerta influye en nuestra conducta, consideremos un ejemplo práctico. Imagina que estás en una cena agradable con amigos. El ambiente es relajado y seguro. De repente, alguien te toca suavemente el hombro por detrás. Tu nivel de alerta se incrementa ligeramente, lo suficiente para notar el estímulo, girarte con una sonrisa y preguntar con calma qué sucede. Tu estado interno (alerta regulada) y tu respuesta externa (girarte tranquilamente, hablar con calma) son apropiados para la situación.

Ahora, piensa en otro escenario. Es de noche, estás volviendo a tu coche después de la cena, en una zona que no conoces bien y que percibes como insegura. De repente, alguien te toca el hombro por detrás. En esta situación, tu sistema de alerta se dispara a un nivel mucho más alto. Te giras de golpe, quizás empujas la mano o a la persona, y tu voz es tensa o incluso gritas. Tu estado de alerta (muy alto) y tu respuesta (reacción defensiva) son, en este contexto de percepción de amenaza, proporcionales a la situación. Es una respuesta de protección.

El problema surge si la respuesta de "calle oscura y desconocida" se traslada al contexto de la "cena con amigos". Si en la cena reaccionas de forma defensiva, con un nivel de alerta desproporcionadamente alto, es probable que haya una explicación subyacente. Quizás has tenido un día extremadamente estresante, quizás hay alguien en la cena que te genera incomodidad. Como adulto, tienes la capacidad, o al menos el potencial, de analizar tu estado interno (estoy nervioso), analizar la situación externa (estoy en un lugar seguro con amigos) y encontrar estrategias conscientes para modular tu respuesta. Puedes recurrir a respiraciones profundas, decirte a ti mismo algo tranquilizador, o incluso alejarte un momento para calmarte. Esta capacidad de análisis y regulación consciente es fundamental para la adaptación social y emocional.

El Desafío de la Alerta en la Infancia

La autorregulación del nivel de alerta es una habilidad que se desarrolla con el tiempo y la experiencia. Los niños, especialmente los más pequeños, aún no han desarrollado plenamente la capacidad cognitiva para analizar las situaciones, comprender su propio estado interno o identificar y aplicar estrategias de regulación adecuadas. Pueden tener dificultades para:

  • Comprender su estado: No saben por qué se sienten "así" (nerviosos, cansados, irritables).
  • Analizar la situación: No evalúan si el nivel de alerta que sienten es apropiado para el contexto (estar muy excitado en clase vs. en el recreo).
  • Encontrar estrategias: No saben qué hacer para cambiar su nivel de alerta (calmarse cuando están nerviosos, activarse cuando están aletargados).

Cuando un niño no puede comprender o regular su estado de alerta, es el adulto quien debe asumir el rol de co-regulador. Esto implica, primero, ayudar al niño a ser consciente de su estado interno de una manera sencilla y comprensible para su edad. Segundo, ayudarle a entender, sin juicio, si esa manera de sentirse o actuar es adecuada para el ambiente en el que se encuentra en ese momento. Y tercero, y crucialmente, proporcionarle y guiarle en el uso de estrategias de regulación.

Herramientas Visuales para la Conciencia

Una herramienta muy útil, especialmente con niños, son los apoyos visuales que les ayudan a identificar su estado de alerta. Un "medidor de alerta" o un "termómetro de mis emociones" con diferentes niveles (por ejemplo, muy tranquilo, un poco activo, muy activo, fuera de control) representados por colores o dibujos, puede ser muy efectivo. Incluso se pueden usar fotos del propio niño en diferentes estados para hacerlo más personal y reconocible.

El uso de este tipo de apoyo visual debe ser un proceso de aprendizaje conjunto, similar a un juego. Podemos observar al niño en diferentes momentos y ayudarle a identificar qué imagen o color representa mejor cómo se siente y cómo actúa en ese momento. Por ejemplo, "Cuando corres y ríes mucho en el parque, ¿en qué color crees que estás?" o "Cuando te enfadas y gritas porque no consigues lo que quieres, ¿dónde pondrías el indicador?". Esta práctica ayuda al niño a construir un mapa mental de sus propios estados internos.

Estrategias para la Regulación: Un Enfoque Individualizado

Una vez que el niño (o el adulto) comienza a ser consciente de su estado de alerta, el siguiente paso es encontrar estrategias efectivas para modularlo. No existe una única estrategia que sirva para todos, porque cada persona es diferente y lo que funciona para uno puede no funcionar para otro. Es un proceso de exploración y descubrimiento.

Las estrategias pueden clasificarse, a grandes rasgos, en aquellas que buscan aumentar el nivel de alerta y aquellas que buscan disminuirlo. Para un niño (o adulto) con un nivel de alerta alto (nervioso, inquieto), las estrategias pueden incluir actividades que proporcionen presión profunda o resistencia (sistema propioceptivo), como apretar un objeto, masticar algo gomoso, empujar una pared, llevar peso, o actividades rítmicas y calmantes como mecerse suavemente o escuchar música tranquila. Para alguien con un nivel de alerta bajo (aletargado, desconectado), las estrategias pueden implicar movimiento más vigoroso (sistema vestibular), estímulos sensoriales intensos pero breves (salpicarse agua fría en la cara), cambios de posición o actividades que requieran concentración y esfuerzo mental.

Es vital observar al individuo para identificar qué actividades o estímulos parecen ayudarle a alcanzar un estado más regulado. Para un niño, correr mientras recita una tabla de multiplicar podría ser una combinación de movimiento y tarea cognitiva que le ayude a centrarse. Para otro, simplemente sentarse en un cojín con peso podría ser suficiente para calmar la inquietud. La clave es la individualización.

Integración Sensorial: Un Camino Hacia la Regulación Profunda

Cuando las dificultades en la regulación del nivel de alerta son significativas y persistentes, a menudo están relacionadas con la forma en que el cerebro procesa la información sensorial del entorno y del propio cuerpo. En estos casos, consultar a un profesional, como un Terapeuta Ocupacional con formación en Integración Sensorial, puede ser de gran ayuda.

¿Qué es un sistema de alerta y para qué sirve?
Conjunto de elementos para la provisión de información oportuna y eficaz, que permiten a individuos expuestos a una amenaza tomar acciones para evitar o reducir su riesgo, así como prepararse para una respuesta efectiva.

La Integración Sensorial es un enfoque que evalúa cómo una persona registra, modula e interpreta los estímulos sensoriales (vista, oído, olfato, gusto, tacto, movimiento -vestibular- y posición corporal -propiocepción-). Una disfunción en el procesamiento sensorial puede llevar a que una persona reaccione de forma exagerada a ciertos estímulos (hipersensibilidad) o, por el contrario, necesite estímulos muy intensos para sentirse activado o notado (hiposensibilidad). Ambas situaciones impactan directamente en el nivel de alerta y en la capacidad de autorregulación.

El terapeuta ocupacional puede realizar una evaluación exhaustiva del perfil sensorial del individuo y diseñar un plan de intervención. Una herramienta común en este enfoque es la dieta sensorial. A pesar de su nombre, no tiene nada que ver con la comida; es un programa de actividades sensoriales estructuradas que se incorporan a la rutina diaria de la persona. Estas actividades están cuidadosamente seleccionadas en función de las necesidades sensoriales únicas del individuo (identificadas en la evaluación) y tienen como objetivo ayudarle a mantener un nivel de alerta óptimo a lo largo del día, previniendo así los extremos de sobrecarga o desconexión.

Una dieta sensorial efectiva podría incluir, por ejemplo, actividades de movimiento fuerte por la mañana si la persona tiende a estar aletargada, pausas con actividades de presión profunda durante las tareas escolares si tiende a distraerse o estar inquieto, o actividades de organización espacial antes de una comida si la persona tiene dificultades para sentarse tranquilamente. Es un plan dinámico que se ajusta según la respuesta y las necesidades cambiantes de la persona. La integración sensorial, por tanto, no solo ofrece estrategias superficiales, sino que trabaja en la base neurológica del procesamiento sensorial, permitiendo una mejor modulación del estado interno y, consecuentemente, una respuesta más adaptada y funcional al entorno.

En resumen, comprender y aprender a regular nuestro nivel de alerta es crucial para nuestro bienestar y capacidad de interactuar con el mundo. Es un proceso que comienza en la infancia y continúa a lo largo de la vida. Mientras que los adultos desarrollamos mecanismos, los niños a menudo necesitan guía y apoyo. Herramientas visuales, exploración de estrategias individualizadas y, en casos de dificultad persistente, la intervención profesional a través de la Integración Sensorial, son caminos efectivos para cultivar esta habilidad fundamental y mejorar la calidad de vida.

Preguntas Frecuentes

¿Qué es exactamente el nivel de alerta?
Es tu estado general de activación física y psicológica, que varía a lo largo del día y según la situación. Es la energía y disposición que tienes para interactuar con el entorno.

¿Por qué es importante regular mi nivel de alerta?
Un nivel de alerta adecuado te permite concentrarte, aprender, interactuar socialmente y responder de manera apropiada a las demandas de cada situación. Te ayuda a sentirte cómodo y efectivo.

¿Qué pasa si mi nivel de alerta es demasiado alto o bajo?
Si es demasiado alto (hiperactivado), puedes sentirte ansioso, irritable, tener dificultades para concentrarte o controlar tus impulsos. Si es demasiado bajo (hipoactivado), puedes sentirte aletargado, desconectado, con baja energía y dificultades para procesar información o participar.

¿Cómo puedo saber cuál es mi nivel de alerta?
Observa tus sensaciones físicas (tensión muscular, inquietud, cansancio) y tu estado mental (pensamientos acelerados, distracción, apatía). Reflexiona sobre cómo te sientes en diferentes momentos y situaciones.

¿Pueden los adultos tener problemas para regular su alerta?
Sí, factores como el estrés crónico, la falta de sueño, ciertas condiciones neurológicas o de salud mental, o dificultades sensoriales no identificadas pueden afectar la capacidad de un adulto para regular su nivel de alerta.

¿Qué son las dietas sensoriales?
Son programas individualizados de actividades sensoriales diseñados por un terapeuta ocupacional para ayudar a una persona a mantener un nivel de alerta óptimo y mejorar su capacidad de autorregulación a lo largo del día.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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