¿Qué origina la queja?

Quejarse: El Costo Oculto en Tu Cerebro y Salud

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Quejarse es un comportamiento sorprendentemente común. Las investigaciones sugieren que, en una conversación promedio, las personas se quejan aproximadamente una vez por minuto. Esta tendencia a expresar descontento puede sentirse momentáneamente satisfactoria, casi como un alivio, lo que la convierte en una tentación recurrente. Sin embargo, al igual que otros placeres efímeros que tienen costos a largo plazo, quejarse con frecuencia dista mucho de ser beneficioso para nuestro bienestar.

¿Qué hormona se libera al quejarse?
Cuando te quejas, tu cuerpo libera cortisol, hormona derivada del estrés que te adentra en el modo de lucha y escape con relación al oxígeno, la sangre y la energía.

Nuestro cerebro es una máquina eficiente que busca optimizar procesos. No le gusta gastar energía extra. Cuando repetimos un comportamiento, como el acto de quejarse, nuestras neuronas establecen conexiones más fuertes y eficientes entre sí. Es como construir un puente permanente en lugar de uno temporal cada vez que necesitas cruzar un río. Este proceso, descrito por los científicos con la frase “Las neuronas que disparan juntas, se conectan entre sí”, hace que la repetición de ese comportamiento sea cada vez más fácil y automática. Con el tiempo, nos quejamos casi sin darnos cuenta.

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El Cerebro Reconfigurado por la Queja Constante

La continua repetición del acto de quejarse no es neutral; de hecho, reprograma activamente nuestro cerebro. Al fortalecer las vías neuronales asociadas con el pensamiento negativo y la queja, se vuelve más sencillo para el cerebro recurrir a estos patrones. Gradualmente, ser negativo puede volverse el camino de menor resistencia neuronal, más fácil que ser positivo, independientemente de las circunstancias externas. La queja se arraiga como un comportamiento por defecto, lo que no solo cambia nuestra experiencia interna del mundo, sino también la forma en que los demás nos perciben.

Pero los efectos de la queja van más allá de simplemente facilitar la negatividad. Estudios, como los realizados en la Universidad de Stanford, han revelado que la queja crónica puede tener un impacto físico directo en estructuras cerebrales. Específicamente, se ha observado que reduce el tamaño del hipocampo. Esta región cerebral es fundamental para funciones cognitivas cruciales, como la memoria, el aprendizaje y la resolución de problemas complejos. El daño o la reducción del hipocampo es particularmente preocupante si consideramos que es una de las áreas más afectadas por enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Quejarse, por lo tanto, no es solo un mal hábito; puede ser perjudicial para la salud a largo plazo de nuestro cerebro.

La Hormona del Estrés: El Costo Fisiológico de la Queja

Si el impacto en el cerebro no fuera suficiente, quejarse también desencadena una respuesta fisiológica en nuestro cuerpo que tiene consecuencias significativas para la salud. Cada vez que nos quejamos, nuestro organismo libera cortisol. Esta es la principal hormona del estrés, diseñada para prepararnos para una situación de “lucha o huida”.

En un escenario de peligro real, el cortisol desvía recursos vitales (oxígeno, sangre, energía) hacia los músculos principales y prepara el cuerpo para la acción. Esto se manifiesta, por ejemplo, en un aumento de la presión arterial y los niveles de azúcar en sangre, mecanismos necesarios para una respuesta rápida ante una amenaza de vida o muerte. Sin embargo, cuando la respuesta de estrés se activa repetidamente por la queja crónica, en lugar de una amenaza real, el cuerpo permanece en un estado de alerta elevado innecesariamente.

La exposición continua a altos niveles de cortisol tiene un efecto devastador en el sistema inmunológico, debilitándolo y haciéndonos más susceptibles a enfermedades. Además, este estado de estrés crónico aumenta el riesgo de desarrollar una serie de problemas de salud graves, incluyendo colesterol alto, diabetes, enfermedades cardíacas y obesidad. La constante inundación de cortisol incluso hace que el cerebro, incluyendo el vulnerable hipocampo, sea más susceptible a daños. Quejarse es, literalmente, malo para la salud física.

La Queja es Contagiosa: El Efecto del Reflejo Neuronal

Los seres humanos somos criaturas sociales, y nuestros cerebros están intrínsecamente conectados con los de quienes nos rodean. Existe un proceso llamado reflejo neuronal, basado en las neuronas espejo, que nos permite imitar de forma natural e inconsciente los estados de ánimo y las emociones de las personas con las que interactuamos, especialmente aquellas con las que pasamos mucho tiempo. Este mecanismo es fundamental para nuestra capacidad de empatía, permitiéndonos comprender y compartir los sentimientos de otros.

Sin embargo, este mismo mecanismo significa que la negatividad y la queja son altamente contagiosas. Escuchar a alguien quejarse activa en nuestro propio cerebro las vías neuronales asociadas con ese estado de ánimo. Es por eso que pasar tiempo con personas que se quejan constantemente puede hacernos sentir agotados y, eventualmente, empezar a adoptar nosotros mismos patrones de queja similares.

Los quejumbrosos crónicos a menudo buscan en otros la validación de su miseria, una especie de “fiesta de compasión” que refuerza su propio comportamiento. Piénsalo de esta manera: si alguien estuviera fumando activamente, ¿te sentarías a su lado durante horas inhalando el humo de segunda mano? Probablemente te alejarías para proteger tu salud. De la misma manera, es crucial ser consciente del “humo de segunda mano” emocional que emiten los quejicas crónicos y limitar la exposición si es posible. No se trata de ser insensible, sino de proteger tu propio bienestar mental y neuronal.

Alternativas a la Queja: Cultivando la Gratitud y la Acción

Dado el impacto negativo de la queja, surge la pregunta: ¿cómo podemos romper este hábito? Afortunadamente, existen estrategias efectivas para contrarrestar la tendencia a quejarse y reorientar nuestro cerebro hacia patrones más positivos y constructivos.

Una de las herramientas más poderosas es cultivar una actitud de agradecimiento. Cuando sientas la necesidad de quejarte, intenta deliberadamente enfocar tu atención en algo por lo que te sientas agradecido en ese momento. Practicar la gratitud ha demostrado tener efectos medibles en nuestra fisiología. Investigaciones han indicado que pasar tiempo contemplando las razones para estar agradecido puede reducir los niveles de la hormona del estrés, el cortisol, hasta en un 23%.

Estudios de la Universidad de California han encontrado que las personas que practican la gratitud diariamente experimentan mejoras significativas en su estado de ánimo y niveles de energía, además de una disminución sustancial en la ansiedad, atribuible en gran parte a la reducción del cortisol. Considera los pensamientos negativos o pesimistas como una señal para pausar y redirigir tu enfoque hacia algo positivo, sin importar cuán pequeño sea. Con la práctica constante, la gratitud puede convertirse en un estilo de vida que contrarresta activamente la tendencia a la queja.

La segunda estrategia, aplicable cuando realmente hay una situación que merece atención, es quejarse con un propósito. Esto significa que, si vas a expresar descontento, debe haber una intención clara detrás de ello: buscar una solución o lograr un cambio específico. A esto podemos llamarlo “queja constructiva”.

Quejarse con Propósito: Una Guía

Para que una queja sea constructiva y no simplemente una descarga de negatividad, considera seguir estos pasos:

  1. Ten un Propósito Claro: Antes de abrir la boca, pregúntate: ¿Qué resultado busco al expresar esto? Si no puedes identificar un objetivo concreto más allá de sentirte mejor al desahogarte, es probable que tu motivación sea la queja improductiva, y esa es la que debes evitar.
  2. Comienza con Algo Positivo: Aunque parezca contradictorio, iniciar la conversación con un cumplido o un reconocimiento positivo puede ser muy efectivo. Por ejemplo, podrías decir: “Siempre he valorado [aspecto positivo], sin embargo, he notado que [situación que causa descontento]”. Esto reduce la probabilidad de que la otra persona se ponga a la defensiva.
  3. Sé Específico: Evita las generalizaciones vagas o las quejas acumuladas de años. Concéntrate en la situación reciente y sé lo más preciso posible al describir el problema. En lugar de decir “Tu servicio es terrible”, describe el incidente específico que te molestó: “El martes pasado, al intentar resolver [problema], el empleado [nombre o descripción] respondió de esta manera [describir comportamiento], lo cual me resultó [sentimiento o efecto]”.
  4. Finaliza de Forma Positiva o Constructiva: Concluye expresando tu esperanza de una solución, agradeciendo la atención o reafirmando el valor de la relación (si aplica). Esto cierra la interacción en un tono más colaborativo en lugar de conflictivo.

¿Qué Origina Realmente la Queja?

El acto de quejarse, en su raíz, a menudo proviene de una profunda frustración. Esta frustración surge cuando nuestras expectativas (lo que esperábamos, imaginábamos o deseábamos) no se cumplen en la realidad. Ante esta brecha entre lo esperado y lo real, muchas personas adoptan el rol de víctima.

La queja se convierte entonces en un mecanismo de defensa, una forma de descargar la culpa de la situación, el comportamiento o el hecho en algo externo: en otra persona, en las circunstancias, en el sistema, en el clima, etc. Al culpar a factores externos, evitamos asumir nuestra propia responsabilidad o agencia en la situación. Nos posicionamos como pasivos receptores de eventos desagradables, en lugar de actores capaces de influir o cambiar nuestra respuesta.

Es innegable que las personas que se quejan con frecuencia están insatisfechas. Sin embargo, el problema surge cuando la queja se convierte en la respuesta por defecto, la única herramienta utilizada para abordar esa insatisfacción. Se invierte más tiempo y energía en lamentarse que en buscar activamente soluciones. Como muchos comportamientos, la tendencia a quejarse a menudo es aprendida, modelada a partir de figuras de autoridad o pares durante la infancia. La queja puede estar “programada” en nosotros como un hábito habitual.

No es que quejarse ocasionalmente sea inherentemente malo, especialmente si sirve como una forma de desahogo puntual. El problema radica en la queja permanente, en quejarse por casi todo sin emprender ninguna acción para cambiar la situación. Nos quejamos del clima, del trabajo, de la familia, de la política, de la falta de tiempo... la lista es interminable y refleja una falta de responsabilidad percibida, como si nuestro bienestar dependiera enteramente del exterior.

¿Qué hormona se libera al quejarse?
Cuando te quejas, tu cuerpo libera cortisol, hormona derivada del estrés que te adentra en el modo de lucha y escape con relación al oxígeno, la sangre y la energía.

Consecuencias Físicas de la Queja Crónica

Como ya mencionamos, la investigación sugiere que la queja continua eleva los niveles de cortisol, sumiendo al organismo en un estado similar al de la respuesta de ataque o huida. Este estado de alerta constante, aunque no haya un peligro físico real, genera estrés crónico. Cuando la mente percibe una amenaza constante (como ocurre al recordarnos repetidamente lo mal que están las cosas), activa la respuesta al estrés del cuerpo. Esto no solo nos agota emocionalmente, sino que también tiene repercusiones físicas significativas.

La queja frecuente puede manifestarse físicamente de diversas maneras. El estrés crónico asociado con altos niveles de cortisol debilita el sistema inmunológico, nos hace más propensos a resfriados, infecciones y enfermedades autoinmunes. Aumenta la inflamación en el cuerpo, un factor subyacente en muchas enfermedades crónicas, incluyendo enfermedades cardíacas, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer. También puede contribuir a problemas digestivos, dolores de cabeza tensionales, trastornos del sueño y fatiga crónica. En esencia, las quejas frecuentes pueden enfermarnos tanto a nivel emocional como físico, creando un ciclo de malestar que se retroalimenta.

La Diferencia Entre Queja y Expresión Legítima

Es fundamental distinguir entre una queja habitual sin propósito y la expresión legítima de un sentimiento o una preocupación. Desahogarse de vez en cuando es una necesidad humana natural. Compartir cómo nos sentimos o plantear un problema específico con la intención de buscar consejo, apoyo o ayuda es diferente a simplemente lamentarse sin intención de actuar o cambiar la situación. Expresar emociones, incluso las negativas, es a menudo más saludable que reprimirlas, siempre y cuando se haga de manera que no cause daño a otros.

Tener a alguien que nos escuche puede ser liberador y reducir el estrés, reforzando nuestra sensación de conexión y apoyo social. Sin embargo, como en todo, el exceso es perjudicial. Quejarse por cosas triviales que en realidad no importan, o hacerlo de forma repetitiva sin buscar una solución, no es constructivo y no resuelve nada. La queja sin propósito solo informa de que la realidad no nos agrada, pero no genera el cambio necesario para que sí lo haga.

Cualquier pensamiento o comportamiento repetido tiende a volverse un hábito automático. Quejarse no es una excepción. Cuanto más lo hacemos, más fácil y automático se vuelve. Es como trazar un camino en la nieve: las primeras veces cuesta, pero con cada paso el camino se hace más claro y fácil de seguir.

Transformando la Queja en Acción Constructiva

La clave para superar la queja crónica reside en transformar esa energía negativa en algo proactivo. Una queja, en esencia, manifiesta que algo no ha salido como esperábamos. Pero la solución no viene de fuera; viene desde nuestro interior, desde nuestra propia respuesta y acciones.

Podemos diferenciar una “queja” (a menudo sin responsabilidad y con culpa externa) de una “reclamación” (una expresión de malestar con el objetivo de un cambio y asumiendo parte de la responsabilidad o rol en la solución). La queja improductiva nos ancla en el rol de víctima. La queja constructiva, o reclamación, nos impulsa a ser agentes de cambio.

Quejarse no tiene por qué ser sinónimo de debilidad o mala educación si se hace con una finalidad clara y constructiva, aportando alternativas y buscando soluciones. La frecuencia, la intensidad, el contenido y la forma en que expresamos nuestro descontento son lo que determina si es funcional o perjudicial. Quizás no podemos cambiar todas las circunstancias de nuestra vida, pero sí podemos ejercer autocontrol sobre cómo reaccionamos y con qué frecuencia nos quejamos.

Podemos elegir ser más agradecidos por lo que sí funciona, o canalizar nuestra insatisfacción hacia una queja constructiva. El simple acto de preguntarnos honestamente: “¿Para qué me sirve esta queja? ¿Qué gano con ella?” puede revelar mucho sobre nuestras motivaciones subyacentes y ayudarnos a tomar conciencia del hábito. Al ser conscientes de que estamos en “modo queja”, podemos empezar a identificar los patrones y dirigir nuestra energía hacia alternativas más saludables, como la acción o, lo que es aún más poderoso, la práctica del agradecimiento.

Hábito de Queja CrónicaActitud de Gratitud y Acción
Enfoque en lo negativoEnfoque en lo positivo y soluciones
Libera Cortisol (hormona del estrés)Reduce Cortisol
Daña el hipocampo y la saludMejora el estado de ánimo y la salud general
Tensión en las relacionesFortalece las conexiones y la empatía positiva
Rol de víctima, falta de responsabilidadRol proactivo, búsqueda de soluciones, responsabilidad
Crea un ciclo de negatividadCrea un ciclo de bienestar
No resuelve problemasImpulsa al cambio constructivo

Preguntas Frecuentes Sobre la Queja y sus Efectos

¿Qué hormona se libera principalmente al quejarse?

La hormona principal liberada al quejarse, especialmente de forma crónica, es el cortisol, la hormona del estrés.

¿Por qué es malo quejarse constantemente para el cerebro?

La queja constante fortalece las vías neuronales asociadas a la negatividad, haciendo más fácil ser pesimista. Además, estudios sugieren que puede reducir el tamaño del hipocampo, una región crucial para la memoria y la resolución de problemas.

¿Qué problemas de salud física puede causar la queja habitual?

La liberación crónica de cortisol asociada a la queja eleva la presión arterial y el azúcar en sangre, debilita el sistema inmunológico y aumenta el riesgo de colesterol alto, diabetes, enfermedades cardíacas y obesidad.

¿La queja es contagiosa?

Sí, debido al reflejo neuronal y las neuronas espejo, tendemos a imitar los estados de ánimo de quienes nos rodean. Pasar tiempo con personas que se quejan mucho puede influir en nuestra propia tendencia a quejarnos.

¿Cómo puedo dejar de quejarme tanto?

Dos estrategias clave son practicar la gratitud (enfocarse en lo positivo) y, cuando sea necesario expresar descontento, hacerlo de forma constructiva con un propósito claro, buscando una solución en lugar de solo lamentarse.

¿Es lo mismo quejarse que expresar una preocupación legítima?

No. Quejarse a menudo implica lamentarse sin buscar una solución y evitando la responsabilidad. Expresar una preocupación legítima implica comunicar un problema con el objetivo de buscar ayuda, consejo o una solución, a menudo de forma constructiva.

En conclusión, aunque la queja pueda ofrecer un alivio temporal, su costo a nivel neuronal y fisiológico es considerable. Reprograma nuestro cerebro hacia la negatividad, debilita nuestra salud física y tensa nuestras relaciones. Reconocer este hábito, comprender sus mecanismos (incluida la liberación de cortisol y el daño al hipocampo), y reemplazarlo activamente con la gratitud y la comunicación constructiva son pasos esenciales para cultivar un cerebro más resiliente y una vida más plena y saludable.

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Jesús Porta Etessam

Soy licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad Complutense de Madrid. Me formé como especialista en Neurología realizando la residencia en el Hospital 12 de Octubre bajo la dirección de Alberto Portera y Alfonso Vallejo, donde también ejercí como adjunto durante seis años y fui tutor de residentes. Durante mi formación, realicé una rotación electiva en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center.Posteriormente, fui Jefe de Sección en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y actualmente soy jefe de servicio de Neurología en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Tengo el honor de ser presidente de la Sociedad Española de Neurología, además de haber ocupado la vicepresidencia del Consejo Español del Cerebro y de ser Fellow de la European Academy of Neurology.A lo largo de mi trayectoria, he formado parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Neurología como vocal de comunicación, relaciones internacionales, director de cultura y vicepresidente de relaciones institucionales. También dirigí la Fundación del Cerebro.Impulsé la creación del grupo de neurooftalmología de la SEN y he formado parte de las juntas de los grupos de cefalea y neurooftalmología. Además, he sido profesor de Neurología en la Universidad Complutense de Madrid durante más de 16 años.

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